Logos Bible Study

Salmo 71–72

La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions

Spanish

Arabic

Czech

English

French

German

Hebrew

Hungarian

Italian

Korean

Latin

Portuguese

Russian

Simplified Chinese

Traditional Chinese

SALMO 71

NO ME RECHACES EN MI VEJEZ

Señor, en ti confío,

que no quede jamás defraudado.

Por tu fuerza salvadora líbrame, libérame;

acerca hacia mí tu oído y ponme a salvo.

Sé para mí fortaleza protectora

donde siempre pueda entrar;

tú has decidido salvarme,

mi baluarte y mi bastión eres tú.

Dios mío, líbrame de la mano del malvado,

de la garra del criminal y el opresor.

Porque tú, Señor, eres mi esperanza,

mi refugio, Señor, desde mi juventud.

Desde el vientre materno en ti me apoyaba,

del seno de mi madre me hiciste salir;

tuya ha sido siempre mi alabanza.

He sido para muchos un prodigio,

y tú, para mí refugio seguro.

Mi boca se llena de tu alabanza,

de tu gloria durante todo el día.

No me rechaces en mi vejez,

no me dejes cuando mi fuerza se pierde.

Porque mis enemigos hablan de mí,

quienes me asedian conspiran juntos

diciendo: “Dios lo ha abandonado;

persíganlo y denle alcance,

que no hay quien lo salve”.

Oh Dios, no te alejes de mí;

Dios mío, date prisa en ayudarme.

Queden defraudados y humillados

quienes me tienen odio,

cubran la confusión y la vergüenza

a los que quieren dañarme.

Y yo seguiré confiando,

alabándote sin cesar.

Pregonará mi boca tu justicia

y tus actos salvadores todo el día,

aunque no puedo contarlos.

Recitaré las hazañas de Dios mi Señor,

recordaré tu triunfo, sólo el tuyo.

Dios me instruyó desde mi juventud

y hasta ahora anuncio tus prodigios.

A pesar de mi vejez y mi pelo encanecido,

tú, oh Dios, no me abandones,

hasta que anuncie tu poder a esta generación,

tu fuerza a todos sus descendientes.

Tu justicia, oh Dios, llega hasta el cielo,

tú has hecho grandes prodigios,

¿quién puede igualarse a ti?

Me mostraste desgracias y males,

pero volverás a darme la vida

y a sacarme de los abismos de la tierra;

tú acrecentarás mi dignidad,

tú volverás a confortarme.

Y yo alabaré con el arpa

tu verdad, Dios mío;

te cantaré con la cítara,

oh santo de Israel.

Te cantarán jubilosos mis labios,

se alegrará mi vida que tú rescataste.

Mi boca todo el día

proclamará tu justicia,

pues están avergonzados y humillados

los que pretenden dañarme.

SALMO 72

CONFÍA TUS JUICIOS AL REY

De Salomón.

Oh Dios, confía tus juicios al rey,

tu justicia al hijo del monarca.

Él juzgará a tu pueblo con justicia,

a los humildes con rectitud.

De los montes llegará al pueblo la paz,

de las colinas la justicia.

Hará justicia a los humildes,

salvará a los oprimidos,

aplastará al explotador.

Que dure tanto como el sol,

tanto como la luna,

generación tras generación.

Que descienda como la lluvia sobre la hierba,

como aguacero que empapa la tierra.

Que en sus días florezca la justicia

y abunde la paz mientras dure la luna.

Que domine de mar a mar,

desde el gran río al confín de la tierra.

Que se postren ante él las tribus del desierto,

que muerdan el polvo sus enemigos.

Que los reyes de Tarsis y las islas

le traigan obsequios,

que los reyes de Sabá y de Sebá

le ofrezcan presentes.

¡Que todos los reyes se inclinen ante él,

que todas las naciones lo sirvan!

Pues él salvará al desvalido que clama,

al humilde a quien nadie ayuda;

se apiadará del oprimido y del pobre,

a los desvalidos salvará la vida;

los librará del engaño y la violencia

porque estima mucho sus vidas.

Que viva y reciba el oro de Sabá,

que oren siempre por él,

que sin cesar se le bendiga.

Que haya grano abundante en la tierra,

que la mies ondee en la cima de los montes,

que sus frutos florezcan como el Líbano,

sus gavillas como la hierba del campo.

Que su fama dure por siempre,

que perdure por siempre bajo el sol;

que en su nombre se bendiga,

que todas las naciones lo elogien.

Bendito sea Dios, el Señor, el Dios de Israel,

el único que hace prodigios;

bendito sea su glorioso nombre por siempre,

que llene su gloria la tierra entera.

¡Amén, amén!

Aquí terminan las oraciones de David, hijo de Jesé.

Read in Logos