Estudio bíblico Logos

Lamentaciones 3–5

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TERCERA ELEGÍA

Yo he sufrido la aflicción

en la vara de su cólera.

Me ha guiado y hecho andar

por tinieblas y sin luz.

Vuelve sin cesar su mano

todo el día contra mí.

Me ha comido carne y piel

y me ha quebrado los huesos.

Me ha levantado un asedio

de veneno y sufrimiento.

Me ha hecho vivir en tinieblas

como a los muertos antiguos.

Me ha tapiado sin salida,

cargándome de cadenas.

Aunque grité y pedí auxilio,

no hizo caso de mi súplica.

Me ha amurallado el camino

y me ha cambiado las sendas.

Me ha acechado como un oso,

como un león escondido.

Me ha extraviado y hecho trizas,

me ha dejado destrozado.

Me ha apuntado con su arco,

me ha hecho blanco de sus flechas.

Me ha clavado en las entrañas

las flechas de su aljaba.

Soy la burla de mi pueblo

y su copla todo el día.

Me ha saciado de amargura,

me ha dado a beber ajenjo.

Me ha machacado los dientes,

me ha revolcado en el polvo.

Me han secuestrado la paz

y hasta he olvidado la dicha.

Pienso que estoy sin fuerza,

que se ha agotado del todo

mi esperanza en el Señor.

Recuerda mi pena amarga

que es ajenjo envenenado.

Me acuerdo constantemente

y se me derrumba el ánimo.

Pero algo viene a mi mente

que me llena de esperanza:

que tu amor, Señor, no cesa,

ni tu compasión se agota;

¡se renuevan cada día

por tu gran fidelidad!

Tú eres mi herencia, Señor,

por eso confío en ti.

Es bueno el Señor con quien

confía en él y lo busca.

Es bueno esperar callado

la salvación del Señor.

Es bueno que el ser humano

cargue el yugo desde niño,

que aguante solo y callado

pues el Señor se lo ha impuesto;

que su boca bese el polvo

por si aún queda esperanza;

y que ofrezca su mejilla

al que lo hiere y lo afrenta.

Porque no ha de rechazarnos

eternamente mi Dios:

pues, aunque aflige, se apiada

porque es inmenso su amor;

que no disfruta afligiendo

o humillando al ser humano.

Si alguien pisotea a todos

los cautivos de un país,

si se agravia a un ser humano

en presencia del Altísimo,

o si se altera un proceso,

¿es que mi Dios no lo ve?

¿Quién dice algo y sucede

si mi Dios no lo ha ordenado?

¿No salen males y bienes

de la boca del Altísimo?

¿Por qué alguno se lamenta,

si vive aunque haya pecado?

Revisemos nuestras sendas

y volvamos al Señor.

Alcemos al Dios del cielo

nuestras plegarias sinceras.

Fuimos rebeldes e infieles,

¡por eso no perdonaste!

Airado nos perseguiste,

nos mataste sin piedad.

Te ocultaste en una nube

para no escuchar las súplicas.

Nos convertiste en basura

y desecho entre los pueblos.

Nos provocan con insultos

todos nuestros enemigos.

Miedo y pánico es lo nuestro,

desolación y fracaso.

Mis ojos son ríos de lágrimas

por la capital en ruinas.

Mis ojos lloran sin tregua

y no sentirán alivio

hasta que el Señor se asome

y mire desde los cielos.

Siento dolor en mis ojos

por mi ciudad y sus hijas.

Los que me odian sin motivo

me cazaron como a un pájaro.

Me arrojaron vivo a un pozo,

echándome encima piedras.

Me sumergieron las aguas

y me dije: “¡Estoy perdido!”.

Invoqué, Señor, tu nombre

desde lo hondo del pozo.

¡Escucha mi voz, no cierres

tu oído al grito de auxilio!

Cuando llamé te acercaste

y me dijiste: “¡No temas!”.

Me has defendido, Dios mío,

y me has salvado la vida.

Ya ves que sufro injusticia:

¡hazme justicia, Señor!

Ya ves todas sus intrigas

de venganza contra mí.

Tú oyes, Señor, sus insultos

y sus planes contra mí;

mi adversario cuchichea

todo el día contra mí.

Míralos: de pie o sentados,

me hacen tema de sus coplas.

Págales, Señor, a todos

como merecen sus obras.

Enduréceles la mente,

échales tu maldición.

Persíguelos con tu cólera

y bórralos bajo el cielo.

CUARTA ELEGÍA

¡Qué deslucido está el oro,

qué pálido el oro fino!

¡Las piedras santas están

tiradas por las esquinas!

De Sión los nobles hijos,

más apreciados que el oro,

parecen cuencos de barro,

hechura de un alfarero.

Hasta los chacales dan

de mamar a sus cachorros;

la hija de mi pueblo es cruel

como avestruz del desierto.

De sed se pega la lengua

al paladar del bebé.

Los pequeños piden pan

sin que nadie se lo dé.

Los que antes banqueteaban

desfallecen por las calles;

los criados entre púrpura

revuelven los basureros.

La culpa de mi ciudad

supera a la de Sodoma,

arrasada en un momento

sin intervención humana.

Como leche y nieve pura

resplandecían sus príncipes;

coral rojo eran sus cuerpos

y un zafiro, su figura.

Y hoy, más negros que el carbón,

nadie afuera los conoce;

su piel al hueso pegada

y enjutos como sarmientos.

Mejor le fue al caído en guerra

que a las víctimas del hambre:

extenuadas se consumen

por carencia de alimentos.

Manos tiernas de mujeres

cuecen a sus propios hijos

y los sirven de comida

mientras cae la capital.

Colmó el Señor su furor,

derramó su ardiente cólera

y prendió un fuego en Sión

que calcinó sus cimientos.

Ni los reyes de la tierra

ni los que habitan el orbe

pensaron ver enemigos

entrando en Jerusalén.

Por pecados de profetas

y culpas de sacerdotes

se derramó en su interior

sangre de gente inocente.

Tropezando como ciegos

caminan ensangrentados,

sin que nadie por las calles

pueda tocar sus vestidos.

¡Apártense! —les gritaban—

¡Un impuro! ¡No toquen!

Y cuando huían vagabundos,

los paganos les decían:

“No pueden vivir aquí”.

El Señor los dispersó

y no volverá a mirarlos.

Negaron honra y piedad

a sacerdotes y ancianos.

Se gastaban nuestros ojos

aguardando ayuda en vano;

vigilantes esperábamos

a un aliado que no salva.

Vigilaban nuestros pasos

sin dejarnos caminar.

Nuestro fin estaba cerca,

nuestros días ya cumplidos,

había llegado el final.

Los perseguidores eran

más veloces que las águilas:

nos acosaron con trampas

por los montes y el desierto.

Con sus trampas dieron caza

al rey, que era nuestro aliento,

pues a su sombra esperábamos

vivir entre las naciones.

Goza y alégrate, Edom,

la que habitas tierras de Us;

ya te pasarán la copa

y andarás ebria y desnuda.

Expiaste tu culpa, Sión;

no volverá a desterrarte.

Serás castigada, Edom,

descubiertos tus pecados.

QUINTA ELEGÍA

Recuerda, Señor, lo que hemos pasado;

contempla y mira nuestra desgracia.

Nuestra herencia es de extranjeros,

nuestras casas son de extraños.

Somos huérfanos de padre

y son viudas nuestras madres.

Pagamos hasta el agua que bebemos,

compramos nuestra leña con dinero.

Con el yugo al cuello, aún nos acosan;

agotados, no nos dan respiro.

Suplicamos a Egipto ayuda,

a Asiria pedimos alimentos.

Nuestros padres pecaron y no viven,

nosotros sufrimos su castigo.

Somos dominados por esclavos

y no hay quien nos libre de su mano.

Nos jugamos la vida por el pan,

afrontamos los peligros del desierto.

Nuestra piel abrasa como un horno

por los ardores que causa el hambre.

Violaron a mujeres en Sión,

a doncellas en ciudades de Judá.

Colgaron de sus manos a los nobles,

los ancianos no fueron respetados.

Muchachos empujaban el molino,

niños tropezaban bajo el peso de la leña.

Los ancianos no acudían a la plaza

ni los jóvenes cantaban sus canciones.

Quedó sin alegría el corazón,

nuestros bailes acabaron en duelo.

Se nos ha caído la corona.

¡Ay de nosotros, que hemos pecado!

Por eso nos duele el corazón,

por eso se nos nublan los ojos:

porque el monte Sión está asolado

y por él merodean las raposas.

Pero tú, Señor, reinas por siempre,

tu trono permanece eternamente.

¿Por qué has de olvidarnos para siempre

y nos vas a abandonar por tanto tiempo?

Haznos volver a ti, Señor, y volveremos;

haz que nuestros días sean como antaño.

¿O nos has rechazado por completo,

enojado del todo con nosotros?

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