Estudio bíblico Logos

Lamentaciones 4–5

La Palabra: El Mensaje de Dios para míOtras versiones

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CUARTA ELEGÍA

¡Qué deslucido está el oro,

qué pálido el oro fino!

¡Las piedras santas están

tiradas por las esquinas!

De Sión los nobles hijos,

más apreciados que el oro,

parecen cuencos de barro,

hechura de un alfarero.

Hasta los chacales dan

de mamar a sus cachorros;

la hija de mi pueblo es cruel

como avestruz del desierto.

De sed se pega la lengua

al paladar del bebé.

Los pequeños piden pan

sin que nadie se lo dé.

Los que antes banqueteaban

desfallecen por las calles;

los criados entre púrpura

revuelven los basureros.

La culpa de mi ciudad

supera a la de Sodoma,

arrasada en un momento

sin intervención humana.

Como leche y nieve pura

resplandecían sus príncipes;

coral rojo eran sus cuerpos

y un zafiro, su figura.

Y hoy, más negros que el carbón,

nadie afuera los conoce;

su piel al hueso pegada

y enjutos como sarmientos.

Mejor le fue al caído en guerra

que a las víctimas del hambre:

extenuadas se consumen

por carencia de alimentos.

Manos tiernas de mujeres

cuecen a sus propios hijos

y los sirven de comida

mientras cae la capital.

Colmó el Señor su furor,

derramó su ardiente cólera

y prendió un fuego en Sión

que calcinó sus cimientos.

Ni los reyes de la tierra

ni los que habitan el orbe

pensaron ver enemigos

entrando en Jerusalén.

Por pecados de profetas

y culpas de sacerdotes

se derramó en su interior

sangre de gente inocente.

Tropezando como ciegos

caminan ensangrentados,

sin que nadie por las calles

pueda tocar sus vestidos.

¡Apártense! —les gritaban—

¡Un impuro! ¡No toquen!

Y cuando huían vagabundos,

los paganos les decían:

“No pueden vivir aquí”.

El Señor los dispersó

y no volverá a mirarlos.

Negaron honra y piedad

a sacerdotes y ancianos.

Se gastaban nuestros ojos

aguardando ayuda en vano;

vigilantes esperábamos

a un aliado que no salva.

Vigilaban nuestros pasos

sin dejarnos caminar.

Nuestro fin estaba cerca,

nuestros días ya cumplidos,

había llegado el final.

Los perseguidores eran

más veloces que las águilas:

nos acosaron con trampas

por los montes y el desierto.

Con sus trampas dieron caza

al rey, que era nuestro aliento,

pues a su sombra esperábamos

vivir entre las naciones.

Goza y alégrate, Edom,

la que habitas tierras de Us;

ya te pasarán la copa

y andarás ebria y desnuda.

Expiaste tu culpa, Sión;

no volverá a desterrarte.

Serás castigada, Edom,

descubiertos tus pecados.

QUINTA ELEGÍA

Recuerda, Señor, lo que hemos pasado;

contempla y mira nuestra desgracia.

Nuestra herencia es de extranjeros,

nuestras casas son de extraños.

Somos huérfanos de padre

y son viudas nuestras madres.

Pagamos hasta el agua que bebemos,

compramos nuestra leña con dinero.

Con el yugo al cuello, aún nos acosan;

agotados, no nos dan respiro.

Suplicamos a Egipto ayuda,

a Asiria pedimos alimentos.

Nuestros padres pecaron y no viven,

nosotros sufrimos su castigo.

Somos dominados por esclavos

y no hay quien nos libre de su mano.

Nos jugamos la vida por el pan,

afrontamos los peligros del desierto.

Nuestra piel abrasa como un horno

por los ardores que causa el hambre.

Violaron a mujeres en Sión,

a doncellas en ciudades de Judá.

Colgaron de sus manos a los nobles,

los ancianos no fueron respetados.

Muchachos empujaban el molino,

niños tropezaban bajo el peso de la leña.

Los ancianos no acudían a la plaza

ni los jóvenes cantaban sus canciones.

Quedó sin alegría el corazón,

nuestros bailes acabaron en duelo.

Se nos ha caído la corona.

¡Ay de nosotros, que hemos pecado!

Por eso nos duele el corazón,

por eso se nos nublan los ojos:

porque el monte Sión está asolado

y por él merodean las raposas.

Pero tú, Señor, reinas por siempre,

tu trono permanece eternamente.

¿Por qué has de olvidarnos para siempre

y nos vas a abandonar por tanto tiempo?

Haznos volver a ti, Señor, y volveremos;

haz que nuestros días sean como antaño.

¿O nos has rechazado por completo,

enojado del todo con nosotros?

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