Estudio bíblico Logos

Job 16–18

La Palabra: El Mensaje de Dios para míOtras versiones

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INJUSTICIA HUMANA Y JUSTICIA DIVINA

Job respondió así:

Muchas cosas parecidas he oído,

el consuelo de ustedes sólo es agobio.

¿Acabará tanta palabra vana?

¿Dime qué es lo que te impulsa a replicar?

¿Les hablaría yo como ustedes

si por ventura estuvieran en mi lugar?

¿Los atacaría lanzando discursos

y agitaría la cabeza contra ustedes?

¡No! Mis palabras los confortarían,

mis labios los tranquilizarían.

Pero si hablo, no se alivia mi dolor;

si me callo, permanece junto a mí.

Ahora el dolor me tiene agotado,

(restas valor a mi testimonio y me acosas).

Mi agotamiento se ha convertido en testigo

que se alza y me acusa a la cara.

Su cólera me ataca y me desgarra;

me enseña sus dientes rechinando

y me observa con ojos hostiles.

La gente se burla en mi cara,

me afrentan dándome bofetadas,

todos se alían contra mí.

Dios me entrega a gente injusta,

me arroja en manos de malvados.

Vivía yo tranquilo y me zarandeó,

me asió por la nuca y me hizo trizas;

me convirtió en su diana,

sus arqueros me pusieron cerco;

me atravesó las entrañas sin piedad,

regando la tierra con mi hiel.

Me desgarró cubriéndome de brechas,

atacándome lo mismo que un guerrero.

He cosido un saco a mi piel,

he enterrado en el polvo mi honor.

El llanto enrojece mi rostro,

mis ojos sombríos reflejan la muerte,

aunque no he obrado con violencia

ni es interesada mi oración.

¡Tierra, no cubras mi sangre!

¡Que el sepulcro no ahogue mi grito!

Mi testigo está ahora en el cielo,

mi defensor habita en lo alto

—es mi grito quien habla por mí,

aguardo inquieto la respuesta divina—;

que juzgue entre Dios y el ser humano,

como es habitual entre mortales,

pues me esperan años contados

y recorreré un camino sin vuelta.

Me falta el aliento,

mis días se extinguen,

me espera la tumba.

Vivo rodeado de escarnios,

las provocaciones me desvelan.

Conviértete tú en mi garantía,

¿quién, si no, me defenderá?

Has cerrado su mente a la razón

y no permitirás que salgan airosos.

¿O eres como quien invita a sus amigos,

mientras sus hijos se ven necesitados?

Me ha convertido en burla de la gente,

mi cara es blanco de salivazos.

La agonía consume mis ojos,

mi cuerpo es sólo una sombra.

Los justos se espantan al verlo,

el inocente se revuelve contra el impío.

Pero el justo se mantiene en su camino,

el de manos limpias redobla su energía.

Venga, ustedes, síganme atacándo,

que no encontraré un sabio entre ustedes.

Mis días y mis planes han pasado,

se van desvaneciendo mis esperanzas.

¿Pretenden que crea que la noche es día,

que hay luz cuando sólo hay tinieblas?

Únicamente espero habitar

en el reino de los muertos,

hacer mi lecho en las tinieblas,

llamar al sepulcro “padre mío”,

“madre” y “hermana” a los gusanos.

¿Dónde está mi esperanza?

¿Alguien ha visto mi dicha?

¿Descenderán conmigo

al reino de los muertos

y reposaremos juntos en el polvo?

EL ORDEN DIVINO ACABA CON EL MALVADO

Bildad de Súaj habló así:

¿Cuándo acabarán con tanto discurso?

Reflexionen primero y hablemos después.

¿Por qué dejarnos tratar como animales?

¿O piensan acaso que carecemos de talento?

Tu cólera está acabando contigo,

¿pero quedará por eso deshabitada la tierra

y serán las rocas desencajadas de su sitio?

La lámpara del malvado se apaga,

ya no brilla el resplandor de su hogar.

La luz de su tienda va menguando,

el candil que lo alumbra se extingue.

Pierde fuerza su pie vigoroso,

lo descarrían sus propios proyectos;

sus pies lo conducen a la red,

camina por encima de una malla;

un lazo le atrapa los tobillos,

un cepo se cierra sobre ellos;

un nudo se oculta en el suelo,

una trampa lo aguarda en el camino.

Lo rodean terrores espantosos,

lo acosan cuando intenta caminar:

la Desgracia lo persigue hambrienta,

el Desastre espera su traspiés;

la Enfermedad devora su piel,

la Muerte corroe sus miembros.

Arrancado del amparo de su tienda,

lo arrastran ante el Rey de los terrores.

El fuego se instala en su tienda,

esparcen azufre en su morada;

por abajo se pudren sus raíces,

por arriba se secan sus ramas;

su memoria se borra en el país,

se queda sin nombre en la comarca.

Lo llevan de la luz a las tinieblas,

acaba expulsado del mundo,

sin familia ni prole entre los suyos,

sin nadie que ocupe su terruño.

Su destino espanta al Occidente,

el terror atenaza a los de Oriente.

Así acaba la morada del malvado,

el lugar de quien no reconoce a Dios.

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