Salmo 72–73
La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions
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SALMO 72
CONFÍA TUS JUICIOS AL REY
De Salomón.
Oh Dios, confía tus juicios al rey,
tu justicia al hijo del monarca.
Él juzgará a tu pueblo con justicia,
a los humildes con rectitud.
De los montes llegará al pueblo la paz,
de las colinas la justicia.
Hará justicia a los humildes,
salvará a los oprimidos,
aplastará al explotador.
Que dure tanto como el sol,
tanto como la luna,
generación tras generación.
Que descienda como la lluvia sobre la hierba,
como aguacero que empapa la tierra.
Que en sus días florezca la justicia
y abunde la paz mientras dure la luna.
Que domine de mar a mar,
desde el gran río al confín de la tierra.
Que se postren ante él las tribus del desierto,
que muerdan el polvo sus enemigos.
Que los reyes de Tarsis y las islas
le traigan obsequios,
que los reyes de Sabá y de Sebá
le ofrezcan presentes.
¡Que todos los reyes se inclinen ante él,
que todas las naciones lo sirvan!
Pues él salvará al desvalido que clama,
al humilde a quien nadie ayuda;
se apiadará del oprimido y del pobre,
a los desvalidos salvará la vida;
los librará del engaño y la violencia
porque estima mucho sus vidas.
Que viva y reciba el oro de Sabá,
que oren siempre por él,
que sin cesar se le bendiga.
Que haya grano abundante en la tierra,
que la mies ondee en la cima de los montes,
que sus frutos florezcan como el Líbano,
sus gavillas como la hierba del campo.
Que su fama dure por siempre,
que perdure por siempre bajo el sol;
que en su nombre se bendiga,
que todas las naciones lo elogien.
Bendito sea Dios, el Señor, el Dios de Israel,
el único que hace prodigios;
bendito sea su glorioso nombre por siempre,
que llene su gloria la tierra entera.
¡Amén, amén!
Aquí terminan las oraciones de David, hijo de Jesé.
SALMO 73
AHORA ESTOY SIEMPRE CONTIGO
Salmo de Asaf.
En verdad es bondadoso Dios con Israel,
con los que tienen limpio el corazón.
Pero mis pasos casi se tuercen,
mis pies por poco resbalan,
pues envidié a los soberbios
al ver la dicha de los malos.
No se angustian por su muerte,
todo su cuerpo está sano;
ignoran las fatigas humanas,
no sufren su azote como los demás.
Por eso, el orgullo ciñe su cuello,
un manto de violencia los cubre.
La maldad surge de sus entrañas,
la ambición desborda su corazón.
Se burlan y hablan con malicia,
se expresan con arrogante tiranía.
Ofenden al cielo con su boca,
con su lengua a los que habitan la tierra.
Por eso el pueblo los sigue
y bebe con deleite su enseñanza.
Dicen: “¡Qué puede saber Dios!
¿Está el saber junto al Altísimo?”.
Mira, estos son los malvados:
viven en paz y atesoran riqueza.
¿De qué me vale purificar mi corazón,
lavar mis manos en señal de inocencia,
si cada día soy golpeado,
castigado cada mañana?
Si dijese: “Hablaré como ellos”,
traicionaría al linaje de tus hijos.
Yo medité tratando de entenderlo
y fue para mí una dura tarea,
hasta que llegué al santuario de Dios
y comprendí entonces su destino.
Porque en verdad tú los colocas
sobre una pendiente resbaladiza,
los empujas a la ruina.
¡Qué pronto son destruidos,
perecen muertos de miedo!
Son, Señor, como un sueño al despertar,
imágenes que olvidas al levantarte.
Cuando mi corazón se enfurecía
y sentía envidia en mi interior,
yo, necio, no comprendía nada,
era como un animal ante ti.
Pero ahora estoy siempre contigo,
tú me agarras de la mano,
con tus consejos me conduces
y después me colmas de gloria.
¿A quién sino a ti tengo en el cielo?
A tu lado no me agrada ya la tierra.
Aunque mi corazón y mi cuerpo desfallezcan,
mi refugio y mi heredad por siempre es Dios.
Quienes de ti se alejan, mueren;
tú destruyes a quien de ti se aparta.
Pero yo junto a Dios soy feliz,
en Dios mi Señor me refugio
para proclamar todas sus obras.
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