Job 34:16–30
La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions
Spanish
Arabic
Czech
English
- DARBY 1890 Darby Bible
- ASV American Standard Version
- AV 1873 The Cambridge Paragraph Bible of the Authorized English Version
- CSB Christian Standard Bible
- D-R Douay-Rheims Bible
- ESV English Standard Version
- GW GOD’S WORD Translation
- GNB Good News Translation
- HCSB The Holman Christian Standard Bible
- KJV 1900 King James Version
- LSB Legacy Standard Bible
- LEB The Lexham English Bible
- MSG The Message: The Bible in Contemporary Language
- NET The NET Bible
- NASB95 New American Standard Bible (1995)
- NCV New Century Version
- NIrV New International Reader’s Version (1998)
- NIV New International Version (2011)
- NKJV The New King James Version
- NLT New Living Translation
- NRSVue New Revised Standard Version: Updated Edition
- RSV The Revised Standard Version
- RSVCE The Revised Standard Version, Catholic Edition
- YLT Young’s Literal Translation
French
German
Hebrew
Hungarian
Italian
Korean
Latin
Portuguese
Russian
Simplified Chinese
Traditional Chinese
Si tienes conocimiento, escucha;
presta atención a mis palabras.
¿Podría gobernar quien odia la justicia?
¿Vas a condenar al que es justo y poderoso,
al que puede llamar a un rey “canalla”
o tratar de “bandidos” a los nobles?
¿Al que no tiene preferencia por los príncipes,
ni favorece al grande contra el débil,
porque todos han sido creados por él?
Todos mueren de pronto, a medianoche;
se alborota la gente y desaparecen;
el tirano es derribado sin esfuerzo.
Dios vigila la conducta humana,
controla cualquier comportamiento;
no hay sombra ni densa tiniebla
que pueda ocultar al malvado.
No es el ser humano quien decide
cuándo ha de comparecer ante el Dios
que destruye a los poderosos sin indagar
y establece a otros en su lugar.
Como Dios conoce bien sus acciones,
de noche los trastorna y destruye;
les paga su maldad azotándolos
en un lugar donde la gente los vea,
por haberle sido desleales,
por haber ignorado sus designios,
provocando ante él el grito del pobre,
haciéndole oír el gemido del necesitado.
Si Dios guarda silencio,
¿quién condenará al malvado?
Si oculta su rostro, ¿quién podrá verlo?
Pero él vigila a personas y países,
para evitar que prevalezca un impío
y someta al pueblo a su capricho.
Copyright 2011 Sociedad Bíblica de España