Salmo 104–105
La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions
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SALMO 104
¡QUÉ ABUNDANTES SON TUS OBRAS, SEÑOR!
¡Bendice, alma mía, al Señor!
Señor, Dios mío, qué grande eres;
de gloria y majestad te vistes.
Como un manto te envuelve la luz,
como un tapiz extiendes el cielo.
Alzas tus aposentos sobre las aguas,
haces de las nubes tu carroza,
en alas del viento caminas;
a los vientos haces mensajeros tuyos,
a las llamas ardientes, tus servidores.
Afirmaste la tierra sobre sus cimientos
y nunca jamás podrá derrumbarse.
Como vestido le pusiste el océano,
hasta los montes se alzaban las aguas;
ante tu grito amenazante huían,
ante tu voz tronante escapaban;
subían a los montes, por los valles bajaban
hasta el lugar que tú mismo les fijaste.
Les fijaste una frontera que no cruzarán
y no volverán a cubrir la tierra.
Tú conviertes a los manantiales en ríos
que serpentean entre montañas,
proporcionan bebida a las bestias del campo
y apagan la sed de los asnos salvajes;
en sus orillas moran las aves del cielo
que entre las ramas andan trinando.
Desde tus aposentos riegas los montes,
se sacia la tierra del fruto de tus obras.
Tú haces brotar la hierba para el ganado,
y las plantas que cultiva el ser humano
para sacar el pan de la tierra;
y también el vino que alegra a los humanos,
dando a su rostro más brillo que el aceite,
junto con el alimento que los reconforta.
Reciben su riego los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó.
En ellos las aves ponen sus nidos
mientras la cigüeña lo pone en los cipreses;
los altos montes son de los ciervos,
las rocas, refugio de los tejones.
Para marcar los tiempos hiciste la luna
y el sol que sabe cuándo ocultarse.
Dispones la oscuridad y cae la noche:
bullen en ella los seres del bosque,
rugen los leones ante la presa
y piden a Dios su alimento.
Sale el sol y ellos se esconden,
descansan en sus madrigueras.
Entonces sale el ser humano a su trabajo,
a su labor que dura hasta la tarde.
¡Qué abundantes son tus obras, Señor!
Con tu sabiduría las hiciste todas,
la tierra está llena de tus criaturas.
Aquí está el inmenso y ancho mar,
allí un sinfín de animales marinos,
seres pequeños y grandes;
allí se deslizan los barcos
y Leviatán, a quien formaste para jugar con él.
Todos ellos te están esperando
para tener la comida a su tiempo.
Tú se la das y ellos la atrapan,
abres tu mano, los sacias de bienes.
Pero si ocultas tu rostro se aterran,
si les quitas el aliento agonizan
y regresan al polvo.
Les envías tu aliento y los creas,
renuevas la faz de la tierra.
Que la gloria del Señor sea eterna,
que el Señor se goce en sus obras.
Él mira la tierra y ella tiembla,
toca las montañas y echan humo.
Mientras viva cantaré al Señor,
alabaré al Señor mientras exista.
Que mi poema le agrade,
que yo en el Señor me alegre.
Que sean los pecadores extirpados de la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor! ¡Aleluya!
SALMO 105
ÉL ES EL SEÑOR DIOS NUESTRO
Alaben al Señor, aclamen su nombre,
proclamen entre los pueblos sus hazañas.
Cántenle, toquen para él,
pregonen todas sus maravillas.
Enorgullézcanse de su santo nombre,
que se gocen los que buscan al Señor.
Recurran al poder del Señor,
busquen siempre su rostro;
recuerden las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca,
ustedes, estirpe de Abrahán, su siervo,
ustedes, descendencia de Jacob, su elegido.
Él es el Señor, nuestro Dios,
sus leyes dominan toda la tierra.
Recuerda eternamente su alianza,
la promesa hecha por mil generaciones:
el pacto que selló con Abrahán,
el juramento que hizo a Isaac,
lo que confirmó como ley para Jacob,
como alianza perpetua para Israel
diciendo: “Te daré el país de Canaán,
como propiedad hereditaria”.
Cuando eran sólo unos pocos,
un puñado de emigrantes en el país,
que iban vagando de nación en nación;
pasando de un reino a otro reino,
no permitió que nadie los maltratara
y por su causa castigó a algunos reyes:
“No toquen a mis ungidos,
no hagan daño alguno a mis profetas”.
Sobre el país trajo el hambre,
los dejó sin provisiones.
Envió delante a un hombre,
a José, vendido como esclavo.
Apresaron sus pies con grilletes,
rodearon su cuello con argollas,
hasta que se cumplió su anuncio
y la palabra del Señor lo acreditó.
Entonces mandó el rey dejarlo libre,
el soberano de pueblos que lo soltaran.
Y lo hizo señor de su casa,
gobernador de todos sus bienes
para imponer su voluntad a los príncipes,
para que hiciera sabios a sus ancianos.
Entonces Israel entró en Egipto,
moró Jacob en el país de Cam.
Dios hizo que su pueblo prosperara,
lo hizo más fuerte que sus rivales.
Pero cambió los sentimientos de los egipcios
haciendo que odiaran a su pueblo
e intrigaran contra sus siervos.
Envió a Moisés, su siervo,
a Aarón a quien él escogió;
ellos hicieron signos prodigiosos,
hechos portentosos en la tierra de Cam.
Envió tinieblas y todo se oscureció,
pero ni aun así escucharon su palabra.
Transformó en sangre sus aguas,
hizo morir a sus peces.
Infestó de ranas el país,
hasta las alcobas de sus reyes.
Habló y sobrevino otra plaga:
mosquitos por toda su tierra.
En vez de lluvia envió granizos,
llamas de fuego sobre el país.
Destruyó luego sus viñas e higueras,
destrozó la arboleda de su territorio.
Habló y acudieron langostas,
saltamontes imposibles de contar,
que devoraron toda hierba en el país,
devoraron los frutos de la tierra.
Mató en el país a todo primogénito,
primicia de su fuerza varonil.
Pero a ellos los sacó entre plata y oro,
ninguno entre sus tribus sucumbió.
Egipto se alegró cuando partieron,
porque el miedo los sobrecogía.
Extendió para cubrirlos una nube,
un fuego para iluminar la noche.
Suplicaron y envió codornices,
los sació con pan del cielo.
Hendió una roca y brotó agua,
como un río fluyó por el desierto.
Se acordó de su santa promesa,
la que había hecho a Abrahán, su siervo,
y con gozo liberó a su pueblo,
con regocijo a sus elegidos.
Les entregó la tierra de los paganos,
heredaron la riqueza de los pueblos;
así respetarían sus leyes
y cumplirían sus mandatos. ¡Aleluya!
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