Estudio bíblico Logos

Salmo 101–150

La Palabra: El Mensaje de Dios para míOtras versiones

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SALMO 101

ACTUARÉ RECTAMENTE EN MEDIO DE MI CASA

Salmo de David.

Quiero cantar el amor y la justicia,

a ti, Señor, quiero cantarte;

quiero aprender la senda de los rectos,

¿cuándo vendrás a mí?

Actuaré rectamente en medio de mi casa,

en nada indigno fijaré mi ojos;

odio el proceder de los rebeldes,

no dejaré que me contagie.

Que el perverso se aleje de mí,

no quiero conocer al malvado.

Al que difama en secreto a su amigo,

voy a dejarlo callado;

al que es ambicioso y soberbio,

no voy a tolerarlo.

En los fieles del país me fijaré

para que habiten conmigo:

quien siga la senda de los rectos,

ese será quien me sirva.

No vivirá en mi casa quien engaña,

no aguantará mi mirada quien miente.

Yo haré callar cada mañana

a todos los malvados del país,

para expulsar de la ciudad del Señor

a todos los malhechores.

SALMO 102

NO ME LLEVES EN MITAD DE MI VIDA

Oración de un afligido que desfallece y desahoga su pesar ante el Señor.

Señor, escucha mi ruego,

que mi grito llegue a ti.

No me ocultes tu rostro

cuando estoy angustiado;

acerca hacia mí tu oído,

respóndeme pronto si te llamo.

Pues mi vida se desvanece como el humo,

mis huesos arden como una hoguera;

mi corazón se seca como hierba segada,

hasta de comer mi pan me olvido.

De tanto gritar sollozando

tengo los huesos pegados a la piel.

Me parezco al pelícano del yermo,

soy como el búho de las ruinas.

No puedo dormir, aquí estoy

como ave solitaria en un tejado.

Sin cesar mis enemigos me injurian,

furiosos contra mí me maldicen.

En vez de pan me alimento de polvo,

mezclo la bebida con mi llanto

a causa de tu enojo y de tu cólera,

pues tú me alzaste y me abatiste luego.

Es mi vida como sombra que declina,

como la hierba me voy marchitando.

Pero tú, Señor, reinas por siempre,

tu recuerdo dura por generaciones.

Tú te alzarás, te apiadarás de Sión,

que es hora ya de apiadarse de ella,

que el plazo ya se ha cumplido.

Tus siervos aman sus piedras,

sienten piedad de sus ruinas.

Venerarán las naciones tu nombre, Señor,

y tu gloria los reyes de la tierra;

cuando el Señor reconstruya Sión,

cuando se muestre en toda su gloria,

cuando atienda la súplica del pobre

y no desprecie su oración.

Quede esto escrito para la generación futura,

que el pueblo que nazca alabe a Dios;

el Señor mira desde su santo cielo,

observa la tierra desde el firmamento

para escuchar el grito del cautivo,

para librar a los reos de muerte.

Será aclamado en Sión el Señor

y en Jerusalén se proclamará su alabanza,

cuando pueblos y reinos

se reúnan para servir al Señor.

Él doblegó mi fuerza en el camino,

él hizo más corta mi vida.

Yo digo: “Dios mío,

no me lleves en mitad de mi vida”.

Tus años duran por generaciones;

tú antaño fundaste la tierra,

y el cielo es obra de tus manos.

Ellos perecen y tú perduras,

se desgastan todos como la tela;

tú como a un traje los cambias

y ellos se desvanecen.

Pero tú eres el mismo

y no se acaban tus años.

Habitarán seguros los hijos de tus siervos,

permanecerá ante ti su descendencia.

SALMO 103

BENDIGAN TODOS AL SEÑOR

De David.

Bendice, alma mía, al Señor

y todo mi ser a su santo nombre.

Bendice, alma mía, al Señor,

no te olvides de sus favores.

Él perdona todos tus pecados,

él sana todos tus males;

él libra tu vida de la fosa,

te corona de amor y de ternura;

colma de bienes tu existencia,

y tú te rejuveneces como un águila.

El Señor imparte justicia

y derecho a los oprimidos.

Mostró sus caminos a Moisés,

a los hijos de Israel sus proezas.

El Señor es clemente y compasivo,

paciente y lleno de amor.

No estará para siempre litigando,

no estará eternamente resentido.

No nos trata según nuestros pecados,

no nos paga según nuestras culpas.

Pues como el cielo dista de la tierra

abunda su amor para con sus fieles;

como está lejos el este del oeste,

él aleja nuestras faltas de nosotros.

Como un padre quiere a sus hijos,

el Señor quiere a sus fieles.

Conoce cuál es nuestro origen,

recuerda que somos polvo.

Como hierba es la vida humana,

como la flor del campo florece;

la azota el viento y no existe,

no vuelve a saberse dónde estuvo.

Mas el amor del Señor dura por siempre,

nunca abandona a quienes le honran;

su justicia llega a los hijos de sus hijos,

a aquellos que respetan su alianza,

que recuerdan sus preceptos y los cumplen.

El Señor erige su trono en el cielo,

su realeza lo domina todo.

Bendigan al Señor, ángeles suyos,

valerosos guerreros que cumplen sus órdenes

y prestan atención a su palabra.

Bendigan al Señor sus ejércitos todos,

servidores suyos que hacen su voluntad.

Bendigan al Señor todas sus obras,

en todos los lugares que él domina.

¡Bendice, alma mía, al Señor!

SALMO 104

¡QUÉ ABUNDANTES SON TUS OBRAS, SEÑOR!

¡Bendice, alma mía, al Señor!

Señor, Dios mío, qué grande eres;

de gloria y majestad te vistes.

Como un manto te envuelve la luz,

como un tapiz extiendes el cielo.

Alzas tus aposentos sobre las aguas,

haces de las nubes tu carroza,

en alas del viento caminas;

a los vientos haces mensajeros tuyos,

a las llamas ardientes, tus servidores.

Afirmaste la tierra sobre sus cimientos

y nunca jamás podrá derrumbarse.

Como vestido le pusiste el océano,

hasta los montes se alzaban las aguas;

ante tu grito amenazante huían,

ante tu voz tronante escapaban;

subían a los montes, por los valles bajaban

hasta el lugar que tú mismo les fijaste.

Les fijaste una frontera que no cruzarán

y no volverán a cubrir la tierra.

Tú conviertes a los manantiales en ríos

que serpentean entre montañas,

proporcionan bebida a las bestias del campo

y apagan la sed de los asnos salvajes;

en sus orillas moran las aves del cielo

que entre las ramas andan trinando.

Desde tus aposentos riegas los montes,

se sacia la tierra del fruto de tus obras.

Tú haces brotar la hierba para el ganado,

y las plantas que cultiva el ser humano

para sacar el pan de la tierra;

y también el vino que alegra a los humanos,

dando a su rostro más brillo que el aceite,

junto con el alimento que los reconforta.

Reciben su riego los árboles del Señor,

los cedros del Líbano que él plantó.

En ellos las aves ponen sus nidos

mientras la cigüeña lo pone en los cipreses;

los altos montes son de los ciervos,

las rocas, refugio de los tejones.

Para marcar los tiempos hiciste la luna

y el sol que sabe cuándo ocultarse.

Dispones la oscuridad y cae la noche:

bullen en ella los seres del bosque,

rugen los leones ante la presa

y piden a Dios su alimento.

Sale el sol y ellos se esconden,

descansan en sus madrigueras.

Entonces sale el ser humano a su trabajo,

a su labor que dura hasta la tarde.

¡Qué abundantes son tus obras, Señor!

Con tu sabiduría las hiciste todas,

la tierra está llena de tus criaturas.

Aquí está el inmenso y ancho mar,

allí un sinfín de animales marinos,

seres pequeños y grandes;

allí se deslizan los barcos

y Leviatán, a quien formaste para jugar con él.

Todos ellos te están esperando

para tener la comida a su tiempo.

Tú se la das y ellos la atrapan,

abres tu mano, los sacias de bienes.

Pero si ocultas tu rostro se aterran,

si les quitas el aliento agonizan

y regresan al polvo.

Les envías tu aliento y los creas,

renuevas la faz de la tierra.

Que la gloria del Señor sea eterna,

que el Señor se goce en sus obras.

Él mira la tierra y ella tiembla,

toca las montañas y echan humo.

Mientras viva cantaré al Señor,

alabaré al Señor mientras exista.

Que mi poema le agrade,

que yo en el Señor me alegre.

Que sean los pecadores extirpados de la tierra,

que los malvados no existan más.

¡Bendice, alma mía, al Señor! ¡Aleluya!

SALMO 105

ÉL ES EL SEÑOR DIOS NUESTRO

Alaben al Señor, aclamen su nombre,

proclamen entre los pueblos sus hazañas.

Cántenle, toquen para él,

pregonen todas sus maravillas.

Enorgullézcanse de su santo nombre,

que se gocen los que buscan al Señor.

Recurran al poder del Señor,

busquen siempre su rostro;

recuerden las maravillas que hizo,

sus prodigios, las sentencias de su boca,

ustedes, estirpe de Abrahán, su siervo,

ustedes, descendencia de Jacob, su elegido.

Él es el Señor, nuestro Dios,

sus leyes dominan toda la tierra.

Recuerda eternamente su alianza,

la promesa hecha por mil generaciones:

el pacto que selló con Abrahán,

el juramento que hizo a Isaac,

lo que confirmó como ley para Jacob,

como alianza perpetua para Israel

diciendo: “Te daré el país de Canaán,

como propiedad hereditaria”.

Cuando eran sólo unos pocos,

un puñado de emigrantes en el país,

que iban vagando de nación en nación;

pasando de un reino a otro reino,

no permitió que nadie los maltratara

y por su causa castigó a algunos reyes:

“No toquen a mis ungidos,

no hagan daño alguno a mis profetas”.

Sobre el país trajo el hambre,

los dejó sin provisiones.

Envió delante a un hombre,

a José, vendido como esclavo.

Apresaron sus pies con grilletes,

rodearon su cuello con argollas,

hasta que se cumplió su anuncio

y la palabra del Señor lo acreditó.

Entonces mandó el rey dejarlo libre,

el soberano de pueblos que lo soltaran.

Y lo hizo señor de su casa,

gobernador de todos sus bienes

para imponer su voluntad a los príncipes,

para que hiciera sabios a sus ancianos.

Entonces Israel entró en Egipto,

moró Jacob en el país de Cam.

Dios hizo que su pueblo prosperara,

lo hizo más fuerte que sus rivales.

Pero cambió los sentimientos de los egipcios

haciendo que odiaran a su pueblo

e intrigaran contra sus siervos.

Envió a Moisés, su siervo,

a Aarón a quien él escogió;

ellos hicieron signos prodigiosos,

hechos portentosos en la tierra de Cam.

Envió tinieblas y todo se oscureció,

pero ni aun así escucharon su palabra.

Transformó en sangre sus aguas,

hizo morir a sus peces.

Infestó de ranas el país,

hasta las alcobas de sus reyes.

Habló y sobrevino otra plaga:

mosquitos por toda su tierra.

En vez de lluvia envió granizos,

llamas de fuego sobre el país.

Destruyó luego sus viñas e higueras,

destrozó la arboleda de su territorio.

Habló y acudieron langostas,

saltamontes imposibles de contar,

que devoraron toda hierba en el país,

devoraron los frutos de la tierra.

Mató en el país a todo primogénito,

primicia de su fuerza varonil.

Pero a ellos los sacó entre plata y oro,

ninguno entre sus tribus sucumbió.

Egipto se alegró cuando partieron,

porque el miedo los sobrecogía.

Extendió para cubrirlos una nube,

un fuego para iluminar la noche.

Suplicaron y envió codornices,

los sació con pan del cielo.

Hendió una roca y brotó agua,

como un río fluyó por el desierto.

Se acordó de su santa promesa,

…

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