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Salmo 40–42

La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions

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SALMO 40

NO HAY QUIEN SE IGUALE A TI

Al maestro del coro. Salmo de David.

Puse mi esperanza en el Señor,

él se inclinó hacia mí

y escuchó mi lamento.

Me sacó de la fosa desolada,

del fango cenagoso;

me alzó sobre una roca

afianzando mis pasos.

Puso en mi boca un canto nuevo,

una alabanza a nuestro Dios;

cuantos lo ven, lo veneran

y confían en el Señor.

Feliz quien ha puesto

en el Señor su confianza

y no sigue a los idólatras

perdidos en la mentira.

Tú, Señor y Dios mío,

has multiplicado tus maravillas

y tus proyectos para nosotros.

¡No hay quien a ti se iguale!

Los pregonaría, los proclamaría,

pero son demasiados para contarlos.

No quieres sacrificios ni ofrendas;

tú, que me has abierto el oído,

no deseas ni víctimas ni holocaustos.

Entonces yo dije: “Aquí vengo,

en el libro se ha escrito de mí:

Quiero hacer tu voluntad,

tu ley llevo en mis entrañas”.

He pregonado tu justicia

en la gran asamblea;

no he cerrado mis labios

y tú, Señor, lo sabes.

No he escondido tu justicia

en lo más hondo de mí,

sino que he proclamado

tu fidelidad y salvación;

no he ocultado tu amor y tu verdad

ante la gran asamblea.

Tú, Señor, no apartes

de mí tu misericordia,

que tu verdad y tu amor

por siempre me protejan.

Pues sobre mí se ciernen

males que no tienen fin,

se acumulan mis pecados

y no puedo ver nada;

son más que los pelos de mi cabeza

y las fuerzas me fallan.

Señor, ven a librarme;

Señor, date prisa en ayudarme.

Queden confundidos y humillados

los que buscan quitarme la vida,

que retrocedan y se avergüencen

los que pretenden dañarme.

Sean destruidos por su infamia

los que se burlan de mí.

Que en ti se alegren y gocen

todos cuantos te buscan;

los que anhelan tu salvación

digan en todo momento:

“¡Sea alabado el Señor!”.

Soy pobre y necesitado,

pero mi Dios cuidará de mí.

Tú eres mi ayuda y mi salvación,

¡no tardes, Dios mío!

SALMO 41

SÉ QUE ME QUIERES

Al maestro del coro. Salmo de David.

Feliz quien atiende al desvalido,

el Señor lo salvará en el día adverso.

El Señor lo protegerá,

le hará vivir feliz en esta tierra

y no lo dejará a merced del enemigo.

El Señor lo conforta en el lecho del dolor,

le devuelve la salud si está postrado.

Yo dije: “Señor, apiádate de mí;

cúrame, pues he pecado contra ti”.

Mis enemigos auguran mi desgracia:

“¿Cuándo morirá y desaparecerá su nombre?”.

Si uno viene a verme, habla fingiendo,

guarda para sí el engaño y al salir fuera lo cuenta.

Cuantos me odian murmuran juntos de mí,

maquinan contra mí una desgracia:

“Un mal devastador lo invade”,

se acostó y no volverá a levantarse

Hasta mi íntimo amigo en quien confiaba,

el que comía de mi pan, me ha traicionado.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,

restabléceme, que yo les daré su merecido.

Por esto sé que me quieres:

mi enemigo no puede cantar victoria.

Por mi rectitud tú me sostienes

y por siempre me mantienes ante ti.

¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

desde siempre y para siempre!

¡Amén, amén!

SALMO 42

ESTOY SEDIENTO DE DIOS

Al maestro del coro. Poema de los hijos de Coré.

Como la gacela suspira por torrentes de agua

así, Dios mío, suspiro yo por ti.

Estoy sediento de Dios, del Dios vivo,

¿cuándo llegaré a ver el rostro de Dios?

Mi llanto es mi alimento día y noche

mientras no dejan de preguntarme:

“¿Dónde está tu Dios?”.

Siento gran tristeza al recordar

cómo avanzaba yo entre el gentío,

llevándolos a la casa de Dios

entre vítores de gozo y alabanza

en medio de una muchedumbre en fiesta.

¿Por qué estoy abatido?

¿Por qué estoy tan turbado?

En Dios pondré mi esperanza,

no cesaré de alabarlo.

¡Él es mi Dios salvador!

Estoy abatido; por eso te evoco

desde la tierra del Jordán y el Hermón,

desde el monte Mizar.

El abismo grita al abismo

ante el fragor de tus cascadas;

tu oleaje, tus impetuosas olas

me han anegado por entero.

De día el Señor envía su amor,

de noche un canto me acompaña,

una oración al Dios de mi vida.

Pregunto a Dios, mi roca:

“¿Por qué me has olvidado?

¿Por qué he de andar afligido

por el acoso del enemigo?”.

Mis huesos están dañados,

mis adversarios me insultan

y no dejan de preguntarme:

“¿Dónde está tu Dios?”.

¿Por qué estoy abatido?

¿Por qué estoy tan turbado?

En Dios pondré mi esperanza,

no cesaré de alabarlo,

¡él es mi Dios salvador!

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