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Isaías 34–36

La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions

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PEQUEÑO APOCALIPSIS (34–35)

JUICIO SOBRE EDOM

Reúnanse, pueblos, y escuchen;

presten atención, naciones.

Escuche la tierra y sus habitantes,

el mundo y todo lo que él produce.

Que el Señor está airado con todos los pueblos,

su cólera se dirige contra todos sus ejércitos;

los va a exterminar y a entregar a la matanza.

Sus muertos yacerán esparcidos,

sus cadáveres difundirán hedor;

los montes se empaparán con su sangre,

todas las colinas se descompondrán.

El cielo se enrollará como un pergamino,

y todo su ejército se marchitará

como se marchita la hoja de la vid,

como las hojas muertas de la higuera.

Blande el Señor su espada en el cielo:

vean cómo la descarga sobre Edom,

sobre un pueblo condenado a muerte.

La espada del Señor está llena de sangre,

está toda empapada de grasa,

de sangre de corderos y cabritos,

de grasa de vísceras de carneros.

Pues el Señor celebra una matanza en Bosrá,

un degüello imponente en tierra de Edom.

Búfalos caerán con ellos,

novillos junto con toros.

Su tierra se empapará de sangre,

su suelo chapoteará de grasa.

Que es el día de la venganza del Señor,

el año del desquite por la causa de Sión;

por sus torrenteras fluirá la pez,

su polvo se transformará en azufre:

pez ardiente será su tierra,

ni de noche ni de día se apagará,

su humareda se alzará por siempre.

Quedará desolada por generaciones,

sin transeúntes por siempre jamás.

Se instalarán allí el mochuelo y el erizo,

la habitarán la lechuza y la corneja.

Extenderá sobre ella el Señor

cordel de caos, plomada de vacío.

No habrá nobles para crear un reino,

no quedará uno solo de sus príncipes.

Crecerán espinos en sus palacios,

cardos y ortigas en sus torreones:

convertida en guarida de chacales,

en terreno de crías de avestruz.

Se juntarán gatos salvajes con hienas,

los sátiros se llamarán entre sí;

allí descansará Lilit,

se hará con una guarida.

Allí anidará la serpiente,

pondrá e incubará sus huevos.

Allí se juntarán los buitres,

ninguno carecerá de compañera.

Compruébenlo en el Libro del Señor,

no falta ninguno de ellos,

porque su boca lo ha ordenado

y su aliento los ha reunido.

Los ha sorteado por lotes,

ha repartido a suertes el país

para que lo posean siempre

y lo habiten de generación en generación.

VUELTA A SIÓN

¡Que se alegren la estepa y el yermo,

que exulte el desierto y florezca!

¡Como el narciso florezca sin falta,

que exulte con gritos de alegría!

Le darán la gloria del Líbano,

la majestad del Carmelo y el Sarón;

podrán ver la gloria del Señor,

también la majestad de nuestro Dios.

Fortalezcan las manos débiles,

aseguren las rodillas vacilantes;

digan a los alocados:

“Sigan firmes, no teman,

que viene su Dios a vengarlos,

él les trae la recompensa

y viene en persona a salvarlos”.

Entonces se abrirán los ojos de los ciegos,

los oídos de los sordos se destaparán.

Entonces saltará el cojo como el ciervo,

la lengua del mudo cantará.

Pues manarán aguas en la estepa,

habrá torrenteras en el desierto;

el páramo se convertirá en estanque,

el sequedal en lugar de manantiales.

La guarida donde sesteaban los chacales

será lugar de cañas y de juncos.

Allí habrá una calzada consagrada,

que llevará por nombre Vía Sacra;

no será hollada por los impuros,

ni los necios caminarán por ella.

No habrá por allí leones

ni merodearán bestias feroces;

caminarán por allí los redimidos.

Volverán los rescatados del Señor

y entrarán con cánticos en Sión:

encabezados por eterna alegría,

seguidos de fiesta y de gozo;

penas y suspiros huirán.

PARTE HISTÓRICA (36–39)

JERUSALÉN CERCADA POR SENAQUERIB

El año décimo cuarto del reinado de Ezequías, Senaquerib, rey de Asiria, atacó y conquistó todas las ciudades fortificadas de Judá. El rey de Asiria envió a su copero mayor desde Laquis con orden de trasladarse de Laquis a Jerusalén, con un importante contingente de tropas, para entrevistarse con el rey Ezequías. Al llegar, se detuvo junto a la Alberca de Arriba, en el camino del campo del Batanero. Salió a su encuentro Eliaquín, hijo de Jelcías, mayordomo de palacio, acompañado del secretario Sobná y de Joaj, hijo de Asaf, que era el canciller. El copero mayor les dijo:

— Comuniquen a Ezequías este mensaje del emperador, rey de Asiria: “¿En qué basas tu confianza? ¿Piensas acaso que la estrategia y el valor militar son meras palabras? ¿En quién confías para osar rebelarte contra mí? Veo que confías en Egipto, ese bastón de caña astillada que se clava y agujerea la mano de quien se apoya en él. Sólo eso es el faraón, rey de Egipto, para quienes confían en él. Y si me dices que confían en el Señor, su Dios, ¿no es ese el Dios cuyos santuarios y altares demolió Ezequías, ordenando a Judá y a Jerusalén que sólo lo adoraran en este altar?”. Haz, pues, una apuesta con mi señor, el rey de Asiria: te daré dos mil caballos si consigues otros tantos jinetes que los monten. ¿Cómo te atreves a rechazar a uno de los subordinados de mi señor, confiando en que Egipto te va a suministrar carros y jinetes? ¿Crees, además, que he venido a devastar este país sin el consentimiento del Señor? El Señor me ha dicho: Ataca este país y devástalo.

Eliaquín, Sobná y Joaj respondieron al copero mayor:

— Por favor, háblanos en arameo, que lo entendemos. No nos hables en hebreo delante de la gente que está en las murallas.

Contestó el copero mayor:

— ¿Acaso me ha enviado mi señor a comunicar este mensaje sólo a tu señor y a ti? También he de transmitirlo a la gente que está en la muralla, que acabará comiendo sus propios excrementos y bebiendo su propia orina junto contigo.

Entonces el copero mayor se puso en pie y les dijo en hebreo a voz en grito:

— Escuchen el mensaje del emperador, rey de Asiria; que dice esto: “No se dejen engañar por Ezequías, pues no podrá librarlos de mi mano. Que Ezequías no los haga confiar en el Señor, diciendo: ‘Estoy convencido de que el Señor nos salvará y no entregará esta ciudad en poder del rey de Asiria’. No hagan caso a Ezequías, pues esto dice el rey de Asiria: ‘Hagan la paz conmigo y ríndanse a mí; de esta manera cada cual podrá seguir comiendo los frutos de su parra y de su higuera; y podrá seguir bebiendo agua de su pozo, hasta que yo vaya en persona y los lleve a una tierra como la de ustedes, una tierra de grano y de mosto, una tierra de mieses y viñas’. Que no los engañe Ezequías diciendo que el Señor los librará. ¿Acaso los dioses de otras naciones las han podido librar del poder del rey de Asiria? ¿Dónde están los dioses de Jamat y de Arpad? ¿Dónde los dioses de Sefarváin? ¿Acaso fueron capaces de librar a Samaría de mi poder? Si ninguno de los dioses de esos países pudo librarlos de mi ataque, ¿piensan que el Señor podrá librar a Jerusalén?”.

Ellos callaron, sin responder palabra, pues el rey había ordenado que no le respondieran. Entonces el mayordomo de palacio Eliaquín, hijo de Jelcías, junto con el secretario Sobná y el canciller Joaj, hijo de Asaf, se presentaron ante Ezequías con las ropas rasgadas y le transmitieron el mensaje del copero mayor.

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