Logos Bible Study

Jeremías 30–33

La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions

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ORÁCULOS DE RESTAURACIÓN

Palabra que recibió Jeremías de parte del Señor:

— Así dice el Señor, Dios de Israel: Pon por escrito todo lo que te he dicho, pues ya llegan días —oráculo del Señor— en que cambiaré la suerte de mi pueblo Israel y de Judá, dice el Señor; los haré volver a la tierra que di en herencia a sus antepasados. Estas son las palabras que dirigió el Señor sobre Israel y Judá: Así dice el Señor:

Se oyen gritos de terror,

de miedo, pues ya no hay paz;

pregunten y averigüen

si dan a luz los varones.

¿Por qué veo entonces a los varones

con las manos en las caderas,

lo mismo que parturientas,

con el rostro demudado?

¡Ay! ¡Qué grande será aquel día!

No habrá ninguno como él:

tiempo de angustia para Jacob,

pero se verá libre de ella.

Aquel día —oráculo del Señor del universo— romperé el yugo que llevas al cuello y desataré tus correas; no volverán a servir a extranjeros. Servirán al Señor, su Dios, y a David, el rey que nombraré para gobernarlos.

No temas, siervo mío, Jacob

—oráculo del Señor—,

no tengas miedo, Israel.

Te traeré ya libre, de lejos,

traeré a tus hijos del destierro;

Jacob volverá y descansará,

tranquilo y sin sobresaltos,

pues estoy contigo para salvarte

—oráculo del Señor—.

Acabaré con todas las naciones

por donde los había dispersado;

pero contigo no acabaré,

sólo te corregiré como conviene

para que no quede impune tu pecado.

Así dice el Señor:

Tu fractura es incurable,

tu herida está infectada;

tu llaga no tiene remedio,

no hay medicina que la cierre.

Tus amantes te olvidaron,

ya no andarán tras de ti.

Te herí por medio del enemigo

(sin duda un escarmiento cruel),

a causa de tus muchas culpas,

de la gran cantidad de tus pecados.

¿Por qué gritas por tu herida?

¿Porque es tu llaga incurable?

Si te traté de esa manera,

ha sido a causa de tus muchas culpas,

de la gran cantidad de tus pecados.

Pero los que te comen serán comidos,

tus enemigos irán desterrados;

tus saqueadores serán saqueados,

los que te despojan, serán despojados.

Haré que se cierre tu herida,

curaré todas tus llagas

—oráculo del Señor—.

Te llamaban Repudiada,

Sión, a quien nadie busca.

Pero así dice el Señor:

Cambiaré la suerte de las tiendas de Jacob,

me voy a compadecer de sus moradas;

reconstruirán la ciudad sobre sus ruinas,

los palacios estarán donde corresponde.

En ellos se oirán alabanzas,

voces con aire de fiesta.

Haré que crezcan y no mengüen,

que sea reconocida su importancia

y que no los desprecie la gente.

Sus hijos serán como antaño,

su asamblea, estable ante mí;

yo castigaré a sus opresores.

De entre ellos un príncipe surgirá,

saldrá un gobernante de entre ellos,

lo acercaré y estará junto a mí;

pues, ¿quién arriesgaría su vida

poniéndose cerca de mí?

Serán así mi pueblo

y yo seré su Dios.

Ya ha estallado la tempestad del Señor,

que gira sobre la cabeza de los malvados;

no cesará la cólera del Señor

hasta haber ejecutado sus designios.

Después de que pase ese tiempo,

lograrán entenderlo del todo.

En aquel tiempo —oráculo del Señor— seré el Dios de todas las tribus de Israel, y ellos serán mi pueblo.

Así dice el Señor:

Encontró favor en el desierto

el pueblo escapado de la espada;

Israel se dirige a su descanso,

de lejos se le mostró el Señor.

Te quise con amor eterno,

por eso he prolongado mi favor;

te reconstruiré y quedarás reconstruida,

doncella capital de Israel;

volverás a adornarte con panderos,

a danzar en plan de fiesta.

Volverás a plantar viñas

en los cerros de Samaría;

quienes las planten, vendimiarán.

Un día gritarán los vigías

allá por la montaña de Efraín:

“Venga, subamos a Sión,

allí está el Señor nuestro Dios”.

Así dice el Señor:

Griten de alegría por Jacob,

de gozo por la primera de las naciones;

que se deje oír la alabanza de ustedes:

“El Señor ha salvado a su pueblo,

al resto de Israel”.

Voy a traerlos de un país del norte,

a reunirlos de los rincones de la tierra:

vendrán hasta ciegos y cojos,

junto con preñadas y paridas;

volverá una enorme muchedumbre.

Vendrán todos llorando

y yo los guiaré entre consuelos;

los llevaré a la vera de arroyos,

por senda recta, sin tropiezos.

Soy como un padre para Israel,

Efraín es mi hijo primogénito.

Escuchen, naciones, la palabra del Señor,

cuéntenlo luego en las costas lejanas;

digan: “El que dispersó a Israel lo reunirá,

lo guardará como un pastor a su rebaño”.

Pues el Señor ha redimido a Israel,

lo rescató de una mano más fuerte.

Subirán alborozados a Sión,

acudirán a recibir los dones del Señor:

el grano, el mosto y el aceite,

las crías del rebaño y la vacada;

quedarán saciados como un huerto regado,

ya no volverán a desfallecer.

Las muchachas gozarán bailando,

junto con jóvenes y adultos;

cambiaré su duelo en alegría,

los consolaré, alegraré sus penas.

Saciaré a los sacerdotes

con la parte mejor de las ofrendas,

mi pueblo se hartará de mis dones

—oráculo del Señor—.

Así dice el Señor:

Se oyen gritos en Ramá,

quejidos y un llanto amargo:

Raquel llora por sus hijos

y se niega a ser consolada,

pues se ha quedado sin ellos.

Así dice el Señor:

Contén tus gemidos y tu llanto,

reprime las lágrimas de tus ojos:

tus penas serán recompensadas,

volverán del país enemigo

—oráculo del Señor—.

Tu futuro rebosa esperanza,

tus hijos volverán a su patria

—oráculo del Señor—.

He oído claramente

el lamento de Efraín:

“Me has tratado con dureza

como a un novillo sin domar,

y ya estoy escarmentado.

Haz que vuelva y volveré,

pues tú eres mi Dios, Señor.

Tras volver, me he arrepentido;

ahora que lo he comprendido

me doy golpes en el muslo.

Estoy abochornado y avergonzado,

al tener que soportar la vergüenza

de lo que hice en mis años mozos”.

¿No es Efraín mi hijo querido?

¿No es mi niño encantador?

Cada vez que lo reprendo,

vuelvo a acordarme de ello,

mis entrañas se conmueven,

me apiado sin falta de él

—oráculo del Señor—.

Instala mojones, coloca postes,

atención a la senda,

al camino que recorres.

Vuelve, doncella de Israel,

vuelve a estas tus ciudades;

¿hasta cuándo andarás errante,

muchacha rebelde?

El Señor ha creado algo nuevo en el país:

¡La mujer cortejará al varón!

Así dice el Señor del universo, Dios de Israel: Cuando yo cambie su suerte, volverán a decir esta letrilla en el territorio de Judá y en sus ciudades: “Que el Señor te bendiga, morada de justicia, montaña santa”. En Judá y en sus ciudades vivirán juntos labradores y ganaderos trashumantes, pues regaré la garganta reseca y saciaré la garganta hambrienta.

En esto me desperté y miré: ¡me resultó un dulce sueño!

Ya llegan días —oráculo del Señor— en que sembraré a Israel y a Judá con simiente humana y simiente de animales. Y del mismo modo que los vigilé para arrancar y destruir, para arrasar, aniquilar y maltratar, también los vigilaré para reconstruir y plantar —oráculo del Señor—. En aquellos días ya no dirán: “los padres comieron los agraces y los hijos padecen dentera”, sino: “cada cual morirá por su propia culpa: todas las personas que coman agraces, padecerán dentera”.

Ya llegan días —oráculo del Señor— en que pactaré una nueva alianza con Israel y con Judá, no como la alianza que pacté con sus antepasados el día que los tomé de la mano para sacarlos del país de Egipto: ellos quebrantaron mi alianza, aunque yo los había desposado —oráculo del Señor—. Esta es la alianza que voy a pactar con Israel después de aquellos días —oráculo del Señor—: Pondré mi ley en su interior, la escribiré en sus corazones y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Nadie enseñará a nadie diciendo: “Conozcan al Señor”, porque todos me conocerán, del más pequeño al más grande —oráculo del Señor—; perdonaré sus culpas y ya no me acordaré de sus pecados.

Así dice el Señor,

que ha puesto el sol

para alumbrar de día,

la luna y las estrellas

para alumbrar la noche;

el que agita el mar

y hace que bramen sus olas:

su nombre es Señor del universo.

Sólo cuando fallen estas leyes

—oráculo del Señor—,

dejará Israel de ser nación para mí.

Así dice el Señor:

Si pudieran medirse los cielos allá arriba

y escrutarse abajo los cimientos de la tierra,

también yo rechazaría a la estirpe de Israel

en pago de todo lo que ha hecho

—oráculo del Señor—.

Ya llegan días —oráculo del Señor— en que la ciudad del Señor será reconstruida, desde la Torre de Jananel hasta la Puerta del Ángulo. Una vez más la cuerda de medir irá derecha hasta la loma de Gareb y luego girará hacia Goá. Todo el valle de los cadáveres y de las cenizas, y los campos que llegan hasta el torrente Cedrón y hasta la esquina de la Puerta de los Caballos, a oriente, estarán consagrados al Señor. Ya no volverán a ser destruidos ni arrasados.

COMPRA DE UN CAMPO EN ANATOT

Palabra que recibió Jeremías de parte del Señor el año décimo de Sedecías, rey de Judá, que corresponde al año décimo octavo de Nabucodonosor. Por aquel entonces las fuerzas del rey de Babilonia estaban asediando Jerusalén, y el profeta Jeremías estaba preso en el patio de la guardia, en el palacio del rey de Judá. Lo había encarcelado Sedecías, rey de Judá, con esta acusación:

— Tú has profetizado que el Señor va a entregar esta ciudad en manos del rey de Babilonia para que la conquiste, y que Sedecías, rey de Judá, no escapará de manos de los caldeos, pues será entregado sin remedio en manos del rey de Babilonia, con quien hablará directamente y a quien podrá ver cara a cara; y has dicho que se llevarán a Sedecías a Babilonia, donde permanecerá hasta que el Señor —según su palabra— se ocupe personalmente de él, y que, aunque luchemos contra los caldeos, no vamos a conseguir nada.

Jeremías le había respondido:

— Yo he recibido la palabra del Señor en estos términos: Janamel, hijo de tu tío Salún, vendrá a decirte: “Compra mi campo de Anatot, porque tuyo es el derecho de rescatarlo mediante compra”.

Pues bien, tal como había dicho el Señor, mi primo Janamel vino a verme al patio de la guardia y me dijo: “Compra mi campo de Anatot, en territorio de Benjamín, pues tú tienes el derecho de adquisición y de rescate; cómpramelo”. Yo me di cuenta de que se trataba de la palabra del Señor. Así que compré el campo de Anatot a mi primo. El dinero que pesé ascendía a diecisiete siclos de plata. Firmé el contrato y lo sellé en presencia de los testigos, y pesé la plata en la balanza. Después tomé el contrato de compra, ya sellado,…

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