Hechos de los Apóstoles 26–28
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Defensa de Pablo ante Herodes Agripa II
Agripa IIa dijo a Pablo: «Se te permite hablar en tu favor». Entonces Pablo, extendiendo la mano, comenzó su defensa:
«Con respecto a todo aquello de que los judíos me acusan, me considero afortunado, oh rey Agripa, de poder1 presentar hoy mi defensa delante de usted,
sobre todo, porque es experto1 en todas las costumbres y controversias entre los judíosa. Por lo cual le ruego que me escuche con paciencia.
»Pues bien, todos los judíos conocena mi vida1 desde mi juventud, que desde el principio transcurrió entre los de mi pueblo2 y en Jerusalén;
puesto que ellos han sabido de mí desde hace mucho tiempo, si están dispuestos a testificar, que viví como fariseoa, de acuerdo con la sectab más estrictac de nuestra religión.
»Y ahora soy sometido a juicio por la esperanzaa de la promesa hecha por Dios a nuestros padresb:
que nuestras doce tribusa esperan alcanzar al servir fielmente a Dios noche y día. Y por esta esperanzab, oh rey, soy acusado por los judíosc.
»¿Por qué se considera increíble entre ustedes que Dios resucite a los muertosa?
»Yo ciertamente había creído que debía hacer muchos malesa en contra del nombre de Jesús de Nazaretb.
»Esto es precisamente1 lo que hice en Jerusalén. No solo encerré en cárceles a muchos de los santosa con la autoridad recibida de los principales sacerdotesb, sino que también, cuando eran condenados a muerte, yo añadía mi votoc.
»Castigándolos con frecuencia en todas las sinagogasa, procuraba obligarlos a blasfemar, y enfurecido contra ellosb, seguía persiguiéndolos aun hasta en las ciudades extranjeras1c.
Relato de la conversión de Pablo
»aOcupado en esto1, cuando iba para Damasco con autoridad y comisión de los principales sacerdotes,
al mediodía, oh rey, yendo de camino, vi una luz procedente del cielo más brillante que el sol, que resplandecía alrededor mío y de los que viajaban conmigo.
»Después de que todos caímos al sueloa, oí una voz que me decía en el idioma hebreo1b: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón”.
»Yo entonces dije: “¿Quién eres, Señor?”. Y el Señor dijo: “Yo soy Jesús a quien tú persigues.
”Pero levántate y ponte en piea; porque te he aparecido con el fin de designarteb como ministro y testigoc, no solo de las cosas que1 has visto, sino también de aquellas en que me apareceré a tid.
‘”Te rescataréa del pueblo judío y de los gentilesb, a los cuales Yo te envío,
para que les abras sus ojosa a fin de que se conviertan de las tinieblas a la luzb, y del dominio de Satanás a Diosc, para que reciban, por la fe en Míd, el perdón de pecadose y herencia entre los que han sido santificadosf”.
»Por tanto, oh rey Agripa, no fui desobediente a la visión celestial,
sino que anunciaba, primeramente a los que estaban en Damascoa y también en Jerusalénb, y después por toda la región de Judea, y aun a los gentilesc, que debían arrepentirsed y volverse a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimientoe.
»Por esta causa, algunos judíos me prendieron en el temploa y trataron de matarmeb.
»Así que habiendo recibido ayuda de Dios, continúo hasta este día testificandoa tanto a pequeños como a grandes, no declarando más que lo que los profetas y Moisés dijeron que sucederíab:
que1 el Cristo2 había de padecer3a, y que por motivo de Su resurrección de entre los muertosb, Él debía ser el primero en proclamar luz tanto al pueblo judío como a los gentilesc»
Pablo exhorta a Herodes Agripa II
Mientras Pablo decía esto en su defensa, Festo dijo* a gran voz: «¡Pablo, estás loco! ¡Tu mucho saber1a te está haciendo perder la cabeza2!».
Pero Pablo le respondió*: «No estoy loco, excelentísimoa Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura.
»Porque el rey entiende estas cosasa, y también le hablo con confianza, porque estoy persuadido de que él no ignora nada de esto; pues esto no se ha hecho en secreto1.
»Rey Agripa, ¿cree usted en los profetas? Yo sé que cree»
Entonces Agripa II le dijo a Pablo: «En poco tiempo1 me persuadirás2 a que me haga cristianoa»
Y Pablo contestó: «Quisiera1 Dios que, ya fuera en poco tiempo o en mucho2, no solo usted, sino también todos los que hoy me oyen, llegaran a ser tal como yo soy, a excepción de estas cadenasa»
El rey, el gobernador, Berenicea y los que estaban sentados con ellos se levantaron,
y mientras se retiraban, hablaban entre sí, diciendo: «Este hombre no ha hecho* nada que merezca muerte o prisión1a»
Agripa II le dijo a Festo: «Este hombre podría haber sido puesto en libertada, si no hubiera apelado a Césarb»
Pablo sale para Roma
Cuando se decidió que deberíamosa embarcarnos para Italiab, fueron entregados Pablo y algunos otros presos a un centurión de la compañía1c Augusta, llamado Julio.
Embarcándonos en una nave Adramitena que estaba para salir hacia las regiones de la costa de Asia1a, nos hicimos a la mar acompañados por Aristarco, un macedoniob de Tesalónicac.
Al día siguiente llegamos a Sidóna. Julio trató con benevolenciab a Pablo, permitiéndole ir a sus amigos y ser atendido por ellosc.
De allí partimos y navegamos al amparo de la isla de Chiprea, porque los vientos eran contrariosb.
Después de navegar atravesando el mar frente a1 las costas de Ciliciaa y de Panfiliab, llegamos a Mira de Licia.
Allí el centurión halló una nave alejandrinaa que iba1 para Italiab, y nos embarcó en ella.
Después de navegar lentamente por muchos días, y de llegar con dificultad frente a Gnido, pues el viento no nos permitióa avanzar más1, navegamos al amparo de la isla de Cretab, frente a Salmón.
Costeándolaa con dificultad, llegamos a un lugar llamado Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea.
La tempestad en el mar
Cuando ya había pasado mucho tiempo y la navegación se había vuelto peligrosa, pues hasta el Ayuno1a había pasado ya, Pablo los amonestaba,
diciéndoles: «Amigos1, veo que de seguro este viaje va a ser con perjuicio y graves pérdidasa, no solo del cargamento y de la nave, sino también de nuestras vidas»
Pero el centurión se persuadió más por lo que fue dicho por el pilotoa y el capitán1 del barco, que por lo que Pablo decía.
Como el puerto no era adecuado para invernar, la mayoría tomó la decisión de hacerse a la mar desde allí, para ver si les era posible arribar a Fenice, un puerto de Cretaa que mira hacia el nordeste y el sudeste1, y pasar el invierno allí.
Cuando comenzó a soplar un moderado1 viento del sur, creyendo que habían logrado su propósito, levaron anclas y navegabana costeando a Cretab.
Pero no mucho después, desde tierra1 comenzó a soplar2 un viento huracanadoa que se llama Euroclidón3,
y siendo azotada1 la nave, y no pudiendo hacer frente al viento nos abandonamos a él y nos dejamos llevar a la deriva.
Navegando1 al amparo de una pequeña isla llamada Clauda2, con mucha dificultad pudimos sujetar el bote salvavidas.
Después que lo alzaron, usaron amarras1 para sujetar la nave. Temiendo encallara en los bancos de Sirte, echaron el ancla flotante2 y3 se abandonaron a la deriva.
Al día siguiente, mientras éramos sacudidos furiosamente por la tormenta, comenzaron a arrojar la carga1a.
Al tercer día, con sus propias manos arrojaron al mar los aparejos de la nave.
Como ni el sol ni las estrellas aparecieron por muchos días, y una tempestad no pequeña se abatía sobre nosotros, desde entonces fuimos abandonando toda esperanza de salvarnos.
Cuando habían pasado muchos días sin comer1, Pablo se puso en pie en medio de ellos y dijo: «Amigos2, debían haberme hecho caso3 y no haber salido de Cretaa, evitando4 así este perjuicio y pérdidab.
»Pero ahora los exhorto a tener buen ánimoa, porque no habrá pérdida de vida entre ustedes, sino solo del barco.
»Porque esta noche estuvo en mi presenciaa un ángel del Diosb de quien soy y a quien sirvoc,
diciendo: “No temas, Pablo; has de comparecer ante Césara; pero ahora, Dios te ha concedido todos los que navegan contigob”.
»Por tanto, tengan buen ánimoa amigos1, porque yo confío en Dios, que acontecerá2 exactamente como se me dijo.
»Pero tenemos que encallara en alguna islab».
Llegada la decimocuarta noche, mientras éramos llevados a la deriva en el Mar Adriático, a eso de la medianoche los marineros presentían que se estaban acercando a tierra1.
Echaron la sonda y hallaron que había 20 brazas (36 metros) de profundidad. Pasando un poco más adelante volvieron a echar la sonda y hallaron 15 brazas (27 metros).
Temiendo que en algún lugar fuéramos a dar contra los escollos1a, echaron cuatro anclas por la popa y ansiaban que amaneciera.
Como los marineros trataban de escapar de la nave y habían bajado el bote salvavidasa al mar, bajo pretexto de que se proponían echar las anclas desde la proa,
Pablo dijo al centurión y a los soldados: «Si estos no permanecen en la nave, ustedes no podrán salvarse».
Entonces los soldados cortaron las amarrasa del bote y dejaron que se perdiera.
Cuando estaba a punto de amanecer, Pablo exhortaba a todos a que tomaran alimento, diciendo: «Hace ya catorce días1 que, velando continuamente, están en ayunas, sin tomar ningún alimento.
»Por eso les aconsejo que tomen alimento, porque esto es necesario para sobrevivir. Porque ni un solo cabello de la cabeza de ninguno de ustedes pereceráa»
Habiendo dicho esto, Pablo tomó pan y dio gracias a Dios en presencia de todos; y partiéndoloa, comenzó a comer.
Entonces todos, teniendo ya buen ánimoa, tomaron también alimento.
En total éramos en la nave 276 personas1a.
Una vez saciados, aligeraron la nave arrojando el trigo al mara.
Cuando se hizo de día, no reconocían la tierraa, pero podían distinguir una bahía que tenía playa, y decidieron1 lanzar la nave hacia ella2, si les era posible.
Cortando las anclasa, las dejaron1 en el mar, aflojando al mismo tiempo las amarras de los timones. Izando la vela de proa al viento, se dirigieron hacia la playa.
Pero chocando contra un escollo1 donde se encuentran dos corrientes2, encallaron la nave; la proa se clavó y quedó inmóvil, pero la popa se rompía por la fuerza de las olas.
El plan de los soldados…
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Footnotes
- 1 de estar para.
- 1O porque eres especialmente experto.
- 1O mi manera de vivir.
- 2 nación.
- 1 también.
- 1O circunvecinas.
- 1 En las cuales cosas.
- 1I.e. arameo judaico.
- 1Algunos antiguos dicen: que de mí.
- 1 si.
- 2I.e. el Mesías.
- 3 sería sujeto a sufrimiento.
- 1 Las muchas letras.
- 2 te están volviendo loco.
- 1 en un rincón.
- 1O Con un poco.
- 2O procurarás convencerme.
- 1 Oraría a.
- 2O con poco o con mucho.
- 1 cadenas.
- 1I.e. tropa.
- 1I.e. provincia occidental de Asia Menor.
- 1 a lo largo de.
- 1 navegaba.
- 1I.e. el viento no les permitió entrar al puerto.
- 1I.e. el Día de Expiación.
- 1 Hombres.
- 1O dueño.
- 1O posiblemente, el suroeste y el noroeste.
- 1 habiendo soplado moderadamente un.
- 1 ella.
- 2 se lanzó.
- 3I.e. viento del nordeste.
- 1 arrebatada.
- 1 Corriendo.
- 2Algunos antiguos dicen: Cauda.
- 1 refuerzos.
- 2O posiblemente, la vela.
- 3 así.
- 1 hacían la descarga.
- 1 Y habiendo una larga abstinencia de alimentos, entonces.
- 2 Hombres.
- 3 obedecido.
- 4 obteniendo.
- 1 hombres.
- 2 será.
- 1 que alguna tierra se acercaba a ellos.
- 1O las rocas.
- 1 Hoy es el decimocuarto día.
- 1 almas.
- 1 decidiendo.
- 2Algunos antiguos dicen: traer la nave a salvo a la costa.
- 1O dejaban.
- 1 lugar.
- 2 mares.
Cross references
- aHech. 9:15
- aHech. 6:14; 25:19; 26:7
- aGál. 1:13, 14; Fil. 3:5
- aHech. 23:6; Fil. 3:5
- bHech. 15:5
- cHech. 22:3
- aHech. 24:15; 28:20
- bHech. 13:32
- aSant. 1:1
- bHech. 24:15; 28:20
- cHech. 26:2
- aHech. 23:6
- aJuan 16:2; 1Tim. 1:13
- bJuan 15:21
- aHech. 8:3; 9:13
- bHech. 9:1, 2
- cHech. 22:20
- aMat. 10:17; Hech. 22:19
- bHech. 9:1
- cHech. 22:5
- aHech. 9:3–8; 22:6–11; 26:12–18
- aHech. 9:7
- bHech. 21:40
- aEzq. 2:1; Dan. 10:11
- bHech. 22:14
- cLuc. 1:2
- dHech. 22:15
- aJer. 1:8, 19
- b1Crón. 16:35; Hech. 9:15
- aIsa. 35:5
- bIsa. 42:7, 16; Juan 1:5; Ef. 5:8; Col. 1:12, 13; 1Tes. 5:5; 1Ped. 2:9
- cMat. 4:10
- dHech. 20:21
- eLuc. 24:47; Hech. 2:38
- fHech. 20:32
- aHech. 9:19 y
- bHech. 9:26–29; 22:17–20
- cHech. 9:15; 13:46
- dHech. 3:19
- eMat. 3:8; Luc. 3:8
- aHech. 21:27, 30
- bHech. 21:31
- aLuc. 16:28
- bHech. 10:43; 24:14
- aMat. 26:24; Hech. 3:18
- b1Cor. 15:20, 23; Col. 1:18; Apoc. 1:5
- cIsa. 42:6; 49:6; Luc. 2:32; 2Cor. 4:4
- aJuan 7:15; 2Tim. 3:15
- aHech. 23:26; 24:3
- aHech. 26:3
- aHech. 11:26
- aHech. 21:33
- aHech. 25:23
- aHech. 23:29
- aHech. 28:18
- bHech. 25:11
- a(nosotros) Hech. 16:10–17; 20:5–15; 21:1–18; 27:1–28:16
- bHech. 18:2; 25:12, 25; 27:6
- cHech. 10:1
- aHech. 2:9
- bHech. 16:9; 19:29
- cHech. 17:1
- aMat. 11:21
- bHech. 27:43
- cHech. 24:23
- aHech. 4:36
- bHech. 27:7
- aHech. 6:9
- bHech. 13:13
- aHech. 28:11
- bHech. 18:2; 27:1
- aHech. 27:4
- bHech. 2:11; 27:12, 13, 21; Tito 1:5, 12
- aHech. 27:13
- aLev. 16:29–31; 23:27–29; Núm. 29:7
- aHech. 27:21
- aApoc. 18:17
- aHech. 2:11; 27:13, 21; Tito 1:5, 12
- aHech. 27:8
- bHech. 2:11; 27:12, 13, 21; Tito 1:5, 12
- aMar. 4:37
- aHech. 27:26, 29
- aJon. 1:5; Hech. 27:38
- aHech. 27:7
- bHech. 27:10
- aHech. 27:25, 36
- aHech. 18:9; 23:11; 2Tim. 4:17
- bHech. 5:19
- cRom. 1:9
- aHech. 23:11
- bHech. 27:31, 42, 44
- aHech. 27:22, 36
- aHech. 27:17, 29
- bHech. 28:1
- aHech. 27:17, 26
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- aJuan 2:15
- aMat. 10:30
- aMat. 14:19
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- aHech. 2:41
- aJon. 1:5; Hech. 27:18
- aHech. 28:1
- aHech. 27:29
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