Estudio bíblico Logos

Romanos 8–9

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No hay condenación para los que creen

Por tanto, ahora no hay condenacióna para los que están en Cristo Jesús1b, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu.

Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesúsa te1 ha libertado2 de la ley del pecado y de la muerteb.

Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carnea, Dios lo hizob: enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carnec,

para que el requisito de la leya se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritub.

Porque los que viven1 conforme a la carnea, ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritub.

Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paza.

La mente puesta en la carne es enemiga de Diosa, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo,

y los que están en la carnea no pueden agradar a Dios.

Viviendo según el Espíritu

Sin embargo, ustedes no están en la carnea sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en ustedesb. Pero si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Élc.

Y si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, sin embargo, el espíritu está vivo1 a causa de la justiciaa.

Pero si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedesa, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de1 Su Espíritu que habita en ustedesb.

Así que, hermanos, somos deudores, no a la carne, para vivir conforme a la carne.

Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de1 morir; pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne2a, viviránb.

Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Diosa, los tales son hijos de Diosb.

Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor1a, sino que han recibido un espíritu2 de adopciónb como hijos, por el cual clamamos: «¡Abba, Padrec!»

El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritua de que somos hijos de Diosb.

Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristoa, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Élb.

La gloria futura

Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser reveladaa.

Porque el anhelo profundoa de la creación es aguardar ansiosamente la revelación de los hijos de Diosb.

Porque la creación fue sometida a vanidada, no de su propia voluntad, sino por causa de Aquelb que la sometió, en la esperanza

de que la creación1 misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Diosa.

Pues sabemos que la creación entera gime y sufrea hasta ahora dolores de parto.

Y no solo ellaa, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritub, aun nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamentec la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpod.

Porque en esperanza hemos sido salvadosa, pero la esperanza que se ve no es esperanza, pues, ¿por qué esperar lo que uno ve?1b

Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia1 lo aguardamosa.

Victoriosos en Cristo

De la misma manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. No sabemos orar como debiéramosa, pero el Espíritu mismo intercede por nosotrosb con gemidos indecibles.

Y Aquel que escudriña los corazonesa sabe cuál es el sentir1 del Espíritub, porque Él intercede por los santosc conforme a la voluntad de Dios.

Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosasa cooperan para bien1, esto es, para los que son llamadosb conforme a Su propósito.

Porque a los que de antemano conocióa, también los predestinób a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijoc, para que Él sea el primogénitod entre muchos hermanos.

A los que predestinóa, a esos también llamób. A los que llamó, a esos también justificóc. A los que justificó, a esos también glorificód.

Entonces, ¿qué diremosa a esto? Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotrosb?

El que no negó ni a Su propio Hijoa, sino que lo entregó por todos nosotrosb, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?

¿Quién acusará a los escogidos de Diosa? Dios es el que justificab.

¿Quién es el que condenaa? Cristo Jesús es el que muriób, sí, más aún, el que resucitó1c, el que además está a la diestra de Diosd, el que también intercede por nosotrose.

¿Quién nos separará del amor de Cristo1a? ¿Tribulación, o angustiab, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espadac?

Tal como está escrito:

«Por causa Tuya somos puestos a muerte todo el día;

Somos considerados como ovejas para el mataderoa».

Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amóa.

Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vidaa, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes1b,

ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Diosa que es en Cristo Jesús Señor nuestrob.

La elección de Israel

Digo la verdad en Cristo, no miento, dándome testimonio mi concienciaa en el Espíritu Santo,

de que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón.

Porque desearía1 yo mismo ser anatema2a, separado de Cristob por amor a mis hermanos, mis parientes según la carnec.

Porque son israelitasa, a quienes pertenece la adopción como hijosb, y la gloriac, los pactosd, la promulgación de la leye, el cultof y las promesasg,

de quienes son los patriarcasa, y de quienes, según la carne, procede el Cristo1b, el cual está sobre todas las cosasc, Diosd bendito por los siglose. Amén.

Pero no es que la palabra de Dios haya falladoa. Porque no todos los descendientes de Israel son Israelb;

ni son todos hijos por ser descendientes1 de Abrahama, sino que «por Isaac será llamada tu descendencia1b».

Esto es, no son los hijos de la carne los que son hijos de Diosa, sino que los hijos de la promesa son considerados como descendientes1b.

Porque la palabra de promesa es ésta: «Por este tiempo volveré, y Sara tendrá un hijoa».

Y no solo estoa, sino que también Rebeca concibió mellizos de uno, nuestro padre Isaacb.

Porque cuando aún los mellizos no habían nacido, y no habían hecho nada, ni bueno ni malo, para que el propósito de Dios conforme a Su elección permaneciera, no por las obras, sino por Aquel que llamaa,

se le dijo a Rebeca: «El mayor servira al menora».

Tal como está escrito: «A Jacob amé, pero a Esaú aborrecía».

Dios no es injusto

¿Qué diremos entoncesa? ¿Qué hay injusticia en Diosb? ¡De ningún modoc!

Porque El dice a Moisés: «Tendré misericordia del que Yo tenga misericordia, y tendré compasión del que Yo tenga compasióna».

Así que no depende del que quiere ni del que correa, sino de Dios que tiene misericordiab.

Porque la Escritura dice a Faraón: «Para esto mismo te he levantado, para demostrar Mi poder en ti, y para que Mi nombre sea proclamado por1 toda la tierraa».

Así que Dios tiene misericordia, del que quiere y al que quiere endurecea.

Me dirás entoncesa: «¿Por qué, pues, todavía reprocha1 Diosb? Porque ¿quién resiste a Su voluntadc?»

Al contrario, ¿quién eres tú, oh hombre, que le contestas a Diosa? ¿Dirá acaso el objeto modelado al que lo modela: «Por qué me hiciste asíb?»

¿O no tiene el alfarero derecho sobre el barro de hacer de la misma masa un vaso para uso honorable y otro para uso ordinario?

¿Y qué, si Dios, aunque dispuesto a demostrar Su ira y hacer notorio Su poder, soportó con mucha pacienciaa a los vasos de ira preparados para destrucciónb?

Lo hizo para dar a conocer las riquezas de Su gloriaa sobre los vasos de misericordiab, que de antemano Él preparó para gloriac,

es decir, nosotros, a quienes también llamóa, no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentilesb.

Como también dice en Oseas:

«A los que no eran Mi pueblo, llamaré: “pueblo Mío”,

Ya la que no era amada: “amada miaa”.

Y sucederá que en el lugar donde se les dijo: “Ustedes no son Mi pueblo”,

Allí serán llamados hijos del Dios vivientea».

Isaías también exclama en cuanto a Israel: «Aunque el número de los hijos de Israel sea como la arena del mar, solo el remanentea será salvob;

porque el Señor ejecutara Su palabra sobre la tierra cabalmente1 y con brevedad2a».

Y como Isaías predijo:

«Si el Señor de los ejércitosa no nos hubiera dejado descendencia1,

Hubiéramos llegado a ser como Sodoma, y hechos semejantes a Gomorrab».

Razón del tropiezo de Israel

¿Qué diremos entoncesa? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, alcanzaron justicia, es decir, la justicia que es por1 feb;

pero Israel, que iba tras una ley de justiciaa, no alcanzó esa ley.b

¿Por qué? Porque no iban tras ella por1 fe, sino como por1 obras. Tropezaron en la piedra de tropiezoa,

tal como está escrito:

«He aquí, pongo en Sión una piedra de tropiezo y roca de escandaloa;

Y el que crea en Él no será avergonzadob».

Leer en Logos

Notas al pie

  1. 1Muchos antiguos no incluyen el resto del
  2. 1Algunos antiguos dicen: me.
  3. 2O te ha libertado en Cristo Jesús.
  4. 1 son.
  5. 1 es vida.
  6. 1Algunos antiguos dicen: por causa de.
  7. 1O están a punto de.
  8. 2 del cuerpo.
  9. 1 otra vez para temor.
  10. 2O el Espíritu.
  11. 1Algunos antiguos dicen: en esperanza; porque la creación.
  12. 1Algunos antiguos dicen: ¿quién espera lo que ve?
  13. 1O perseverancia.
  14. 1O la mente.
  15. 1Algunos antiguos dicen: Dios hace que todas las cosas cooperen para bien.
  16. 1Algunos antiguos agregan: de entre los muertos.
  17. 1Algunos antiguos dicen: Dios.
  18. 1O potestades; poderes espirituales.
  19. 1 oraría.
  20. 2I.e. maldito.
  21. 1I.e. el Mesías.
  22. 1 simiente.
  23. 1 simiente.
  24. 1 en.
  25. 1O halla faltas.
  26. 1 terminándola.
  27. 2 abreviándola.
  28. 1 simiente.
  29. 1 de.
  30. 1 de.

Referencias cruzadas

  1. aRom. 5:16
  2. bRom. 8:2, 9–11, 34, 39; 16:3
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  32. a2Cor. 4:17; Col. 3:4; Tito 2:13; 1Ped. 1:5; 4:13; 5:1
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  48. aSal. 139:1, 2; Luc. 16:15; Hech. 1:24; Apoc. 2:23
  49. bRom. 8:6
  50. cRom. 8:34
  51. aRom. 8:32
  52. bRom. 8:30; 9:24; 11:29; 1Cor. 1:9; Gál. 1:6, 15; 5:8; Ef. 1:11; 3:11; 2Tes. 2:14; Heb. 9:15; 1Ped. 2:9; 3:9
  53. aRom. 11:2; 1Cor. 8:3; 2Tim. 1:9; 1Ped. 1:2, 20
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  55. c1Cor. 15:49; Fil. 3:21; Col. 3:10; 1Jn. 3:2
  56. dCol. 1:18; Heb. 1:6
  57. aRom. 9:23; 1Cor. 2:7; Ef. 1:5, 11
  58. bRom. 8:28; 9:24; 11:29; 1Cor. 1:9; Gál. 1:6, 15; 5:8; Ef. 1:11; 3:11; 2Tes. 2:14; Heb. 9:15; 1Ped. 2:9; 3:9
  59. c1Cor. 6:11
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  61. aRom. 3:5; 4:1
  62. bSal. 118:6; Mat. 1:23
  63. aJuan 3:16; Rom. 5:8
  64. bRom. 4:25
  65. aLuc. 18:7
  66. bIsa. 50:8, 9
  67. aRom. 8:1
  68. bRom. 5:6, 7
  69. cHech. 2:24
  70. dMar. 16:19
  71. eRom. 8:27; Heb. 7:25; 9:24; 1Jn. 2:1
  72. aRom. 8:37, 38
  73. bRom. 2:9; 2Cor. 4:8
  74. c1Cor. 4:11; 2Cor. 11:26, 27
  75. aSal. 44:22; Hech. 20:24; 1Cor. 4:9; 15:30, 31; 2Cor. 1:9; 4:10, 11; 6:9; 11:23
  76. aJuan 16:33; 1Cor. 15:57; Gál. 2:20; Ef. 5:2; Apoc. 1:5
  77. a1Cor. 3:22
  78. b1Cor. 3:22; 15:24; Ef. 1:21; 1Ped. 3:22
  79. aRom. 5:8
  80. bRom. 8:1
  81. aRom. 1:9; 2Cor. 11:10; Gál. 1:20; 1Tim. 2:7
  82. a1Cor. 12:3; 16:22; Gál. 1:8, 9
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  84. cRom. 1:3; 11:14; Ef. 6:5
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  102. bRom. 4:13, 16; Gál. 3:29; 4:28; Heb. 11:11
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  113. aGál. 2:2
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