2 Corintios 4–5
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Ministros de Cristo
Por tanto, puesto que tenemos este ministerioa, según hemos recibido misericordiab, no desfallecemosc.
Más bien hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso1a, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Diosb, sino que, mediante la manifestación de la verdad, nos recomendamosc a la conciencia de todo hombre en la presencia de Dios.
Y si todavía nuestro evangelioa está veladob, para1 los que se pierdenc está velado,
en los cuales el dios de este mundoa ha cegado el entendimiento1b de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristoc, que es la imagen de Dios2d.
Porque no nos predicamos a nosotros mismosa, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos de ustedes por amor1 de Jesús.
Pues Dios, que dijo: «De las tinieblas resplandecerá la luza», es el que ha resplandecido en nuestros corazonesb, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristoc.
Pero tenemos este tesoro en vasos de barroa, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotrosb.
Afligidos en todoa, pero no agobiadosb; perplejosc, pero no desesperados;
perseguidosa, pero no abandonadosb; derribados, pero no destruidosc.
Llevamos siempre en el cuerpo por todas partes la muerte1 de Jesúsa, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpob.
Porque nosotros que vivimos, constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo1 mortal.
Así que en nosotros obra la muerte, pero en ustedes, la vida.
Pero teniendo el mismo espíritu de fea, según lo que está escrito: «Creí, por tanto habléb,” nosotros también creemos, por lo cual también hablamos,
sabiendo que Aquel que resucitó al Señor Jesúsa, a nosotros también nos resucitará con Jesúsb, y nos presentará junto con ustedesc.
Porque todo esto es por amor a ustedes1a, para que la gracia que se está extendiendo por medio de muchos, haga que las acciones de gracias abunden para la gloria de Diosb.
Lo temporal y lo eterno
Por tanto no desfallecemosa, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interiorb se renuevac de día en día.
Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparacióna,
al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se vena. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.
Porque sabemos que si la tienda terrenal que es nuestra morada1a, es destruida, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha por manosb, eterna en los cielos.
Pues, en verdad1, en esta morada gemimos, anhelando ser vestidosa con nuestra habitación celestial;
y una vez vestidos, no seremos hallados desnudos.
Porque asimismo, los que estamos en esta tienda, gemimos agobiados, pues no queremos ser desvestidos, sino vestidosa, para que lo mortal sea absorbido por la vidab.
Y el que nos preparó para esto mismo es Dios, quien nos dio el Espíritu como garantía1a.
Por tanto, animados siempre y sabiendo que mientras habitamos1 en el cuerpoa, estamos ausentes del Señor.
(Porque por fe andamos, no por vista1a).
Pero cobramos ánimo y preferimos más bien estar ausentes del cuerpo y habitar1 con el Señora.
Por eso, ya sea presentes o ausentes, ambicionamos agradar al Señora.
Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo1a, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo.
La nueva criatura
Por tanto, conociendo el temor del Señora, persuadimos a los hombres, pero a Dios somos manifiestos, y espero que también seamos manifiestos en las conciencias de ustedesb.
No nos recomendamos otra vez a ustedesa, sino que les damos oportunidad de estar orgullosos de nosotrosb, para que tengan respuesta para los que se jactan en las apariencias y no en el corazón.
Porque si estamos locos1, es para Dios; y si estamos cuerdos, es para ustedesa.
Pues el amor de Cristo nos apremia1a, habiendo llegado a esta conclusión: que Uno murió por todos, y por consiguiente, todos murieronb.
Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellosa.
De manera que nosotros de ahora en adelante ya no conocemos a nadie según la carnea. Aunque hemos conocido a Cristo según la carne, sin embargo, ahora ya no lo conocemos así.
De modo que si alguno está en Cristoa, nueva criatura1 esb; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevasc.
El ministerio de la reconciliación
Y todo esto procede de Diosa, quien nos reconcilió con Él mismo por medio de Cristob, y nos dio el ministerioc de la reconciliación;
es decir, que Dios estaba en Cristoa reconciliando al mundo con Él mismo, no tomando en cuenta a los hombres1 sus transgresionesb, y nos ha encomendado a2 nosotros la palabra de la reconciliación.
Por tanto, somos embajadoresa de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros, en nombre de Cristo les rogamosb: ¡Reconcíliense con Diosc!
Al que no conoció pecadoa, lo hizo pecado por nosotrosb, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Élc.
Footnotes
- 1 de la vergüenza.
- 1 en.
- 1 la mente.
- 2O para que la luz…que es la imagen de Dios, no les amanezca.
- 1O por medio.
- 1 el morir.
- 1 nuestra carne.
- 1O para bien de ustedes.
- 1 nuestra morada terrenal de la tienda.
- 1 también.
- 1O arras.
- 1 estamos presentes.
- 1O apariencias.
- 1 estar presentes.
- 1 por las cosas por medio del cuerpo.
- 1 estuviéramos fuera de nosotros.
- 1O controla.
- 1O creación.
- 1 a ellos.
- 2 habiendo puesto en.
Cross references
- a1Cor. 3:5
- b1Cor. 7:25
- cLuc. 18:1; 2Cor. 4:16; Gál. 6:9; Ef. 3:13; 2Tes. 3:13
- aRom. 6:21; 1Cor. 4:5
- b2Cor. 2:17
- c2Cor. 5:11, 12
- a2Cor. 2:12
- b1Cor. 2:6 y ; 2Cor. 3:14
- c1Cor. 1:18; 2Cor. 2:15
- aMat. 13:22; Juan 12:31
- b2Cor. 3:14
- cHech. 26:18; 2Cor. 3:18; 4:6
- dJuan 1:18; Fil. 2:6; Col. 1:15; Heb. 1:3
- a1Cor. 4:15, 16; 1Tes. 2:6, 7
- aGn. 1:3
- b2Ped. 1:19
- cHech. 26:18; 2Cor. 4:4
- aJob 4:19; 10:9; 33:6; Lam. 4:2; 2Cor. 5:1; 2Tim. 2:20
- bJue. 7:2; 1Cor. 2:5
- a2Cor. 1:8; 7:5
- b2Cor. 6:12
- cGál. 4:20
- aJuan 15:20; Rom. 8:35, 36
- bSal. 129:2; Heb. 13:5
- cSal. 37:24; Prv. 24:16; Miq. 7:8
- aRom. 8:36; Gál. 6:17
- bRom. 6:5, 8
- a1Cor. 12:9
- bSal. 116:10
- aHech. 2:24
- b1Tes. 4:14
- cLuc. 21:36; Ef. 5:27; Col. 1:22; Jud. 24
- aRom. 8:28; 2Cor. 1:6
- b1Cor. 9:19; 2Cor. 1:11
- a2Cor. 4:1
- bRom. 7:22
- cIsa. 40:29, 31; Col. 3:10
- aRom. 8:18
- aRom. 8:24; 2Cor. 5:7; Heb. 11:1, 13
- aJob 4:19; 1Cor. 15:47; 2Cor. 4:7; 2Ped. 1:13, 14
- bMar. 14:58; Hech. 7:48; Heb. 9:11, 24
- aRom. 8:23; 1Cor. 15:53, 54; 2Cor. 5:4
- a1Cor. 15:53, 54; 2Cor. 5:2
- b1Cor. 15:54
- aRom. 8:23; 2Cor. 1:22
- aHeb. 11:13, 14
- a1Cor. 13:12; 2Cor. 4:18
- aJuan 12:26; Fil. 1:23
- aRom. 14:18; Col. 1:10; 1Tes. 4:1
- aMat. 16:27; Hech. 10:42; Rom. 2:16; 14:10, 12; Ef. 6:8
- aHeb. 10:31; 12:29; Jud. 23
- b2Cor. 4:2
- a2Cor. 3:1
- b2Cor. 1:14; Fil. 1:26
- aMar. 3:21; 2Cor. 11:1, 16 y ; 12:11
- aHech. 18:5
- bRom. 5:15; 6:6, 7; Gál. 2:20; Col. 3:3
- aRom. 14:7–9
- aJuan 8:15; 2Cor. 11:18; Fil. 3:4
- aRom. 16:7
- bJuan 3:3; Rom. 6:4; Gál. 6:15
- cIsa. 43:18, 19; 65:17; Ef. 4:24; Apoc. 21:4, 5
- a1Cor. 11:12
- bRom. 5:10; Col. 1:20
- c1Cor. 3:5
- aCol. 2:9
- bRom. 4:8; 1Cor. 13:5
- aMal. 2:7; Ef. 6:20
- b2Cor. 6:1
- cRom. 5:10; Col. 1:20
- aHech. 3:14; Heb. 4:15; 7:26; 1Ped. 2:22; 1Jn. 3:5
- bRom. 3:25; 4:25; 8:3; Gál. 3:13
- cRom. 1:17; 3:21, 22; 1Cor. 1:30
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