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2º Samuel 18:19–19:1

La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions

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Ajimás, hijo de Sadoc, dijo:

— Voy corriendo a llevarle al rey la buena noticia de que el Señor lo ha librado de sus enemigos.

Pero Joab le dijo:

— Tú no eres el más indicado para llevar hoy la noticia; otro día será. Hoy no darías buenas noticias, porque ha muerto el hijo del rey.

Entonces Joab dijo a un cusita:

— Ve a comunicar al rey lo que has visto.

El cusita hizo una reverencia ante Joab y salió corriendo. Pero Ajimás, el hijo de Sadoc, volvió a insistirle a Joab:

— A pesar de todo, déjame que vaya corriendo también yo tras el cusita.

Y Joab le dijo:

— ¿Por qué te empeñas en correr también tú, hijo mío, si no obtendrás ninguna recompensa?

Él insistió:

— A pesar de todo, quiero ir.

Entonces Joab le dijo:

— Corre, pues.

Ajimás echó a correr por el camino de la llanura y adelantó al cusita. David estaba sentado entre las dos puertas. El centinela subió al observatorio de la puerta, sobre la muralla, alzó la vista y vio venir a un hombre solo. El centinela gritó para avisar al rey. Y el rey dijo:

— Si viene solo es que trae buenas noticias.

El centinela vio a otro hombre corriendo y gritó al guardián:

— Viene otro hombre corriendo solo.

Y el rey dijo:

— También ese trae buenas noticias.

El centinela dijo:

— Por su forma de correr, el primero me parece Ajimás, el hijo de Sadoc.

Y David comentó:

— Es buena gente, vendrá con buenas noticias.

Ajimás se acercó y saludó al rey:

— ¡Salud!

Luego hizo una reverencia al rey inclinando su rostro y añadió:

— ¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que ha entregado en tu poder a la gente que se había rebelado contra el rey, mi señor!

Y el rey le preguntó:

— ¿Está bien el joven Absalón?

Ajimás respondió:

— Vi un gran alboroto cuando tu servidor Joab me enviaba, pero no sé lo que era. El rey le dijo:

— Apártate y quédate ahí.

Él se retiró y se quedó allí. Entonces llegó el cusita y dijo:

— ¡Hay buenas noticias para mi señor, el rey! El Señor te ha librado hoy de todos los que se habían rebelado contra ti.

El rey preguntó al cusita:

— ¿Está bien el joven Absalón?

Y el cusita respondió:

— ¡Que acaben como él todos los enemigos del rey, mi señor, y cuantos se rebelen para hacerte daño!

El rey se conmovió, subió a la habitación que había encima de la puerta y se puso a llorar diciendo mientras subía:

— ¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!

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