Logos Bible Study

1º Samuel 10–12

La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions

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Entonces Samuel tomó la aceitera, la derramó sobre la cabeza de Saúl y lo besó, diciendo:

— El Señor te unge como jefe de su pueblo. Hoy mismo, cuando te separes de mí, encontrarás junto a la tumba de Raquel, en territorio de Benjamín, en Selsaj, a dos hombres que te dirán: “Han aparecido las asnas que saliste a buscar; pero ahora tu padre, que se ha olvidado del asunto de las asnas, está preocupado por ustedes y preguntándose qué podría hacer por su hijo”. Sigue adelante y cuando llegues a la encina del Tabor, te saldrán al encuentro tres hombres que suben a Betel a dar culto a Dios, uno con tres cabritos, otro con tres panes y el otro con un pellejo de vino. Ellos te saludarán, te ofrecerán dos panes y tú se los aceptarás. Luego llegarás a Guibeá de Dios donde está el destacamento filisteo y, al entrar en la ciudad, te tropezarás con un grupo de profetas que bajan del santuario en trance profético, precedidos de arpas, tambores, flautas y cítaras. Entonces te invadirá el espíritu de Dios que te transformará en otra persona, y profetizarás con ellos. Cuando te hayan ocurrido estas señales, actúa como quieras, porque Dios está contigo. Luego desciende a Guilgal antes de que yo lo haga, pues también yo bajaré contigo para ofrecer holocaustos y sacrificios de comunión. Espera siete días hasta que me reúna contigo y te indique lo que tienes que hacer.

En cuanto Saúl se dio la vuelta, despidiéndose de Samuel, Dios le cambió el corazón y aquel mismo día le ocurrieron todas estas señales. Cuando llegaron a Guibeá, les salió al encuentro un grupo de profetas. Entonces el espíritu de Dios invadió a Saúl y se puso a profetizar con ellos. Cuantos lo conocían de antes y lo veían ahora profetizando entre los profetas comentaban entre sí:

— ¿Qué le ha pasado al hijo de Quis? ¿También Saúl se ha hecho profeta?

Y uno de ellos añadió:

— ¡A saber de quién serán esos!

(De ahí viene el dicho: “¿También Saúl se ha hecho profeta?”).

Cuando acabó de profetizar, Saúl volvió a su casa. Su tío les preguntó a él y a su criado:

— ¿Dónde han ido?

Y él contestó:

— A buscar las asnas; pero como no aparecían, fuimos a ver a Samuel.

Su tío le dijo:

— Cuéntame qué les ha dicho Samuel.

Respondió:

— Nos aseguró que las asnas habían aparecido.

Pero no le mencionó nada del asunto de la realeza del que le había hablado Samuel.

PROCLAMACIÓN DE SAÚL COMO REY

Samuel convocó al pueblo ante el Señor en Mispá y habló así a los israelitas:

— Esto dice el Señor, Dios de Israel: “Yo saqué a Israel de Egipto y los libré del poder de los egipcios y de todos los reyes que los oprimían”. Pero ahora ustedes han rechazado a su Dios, el que los ha salvado de todas las desgracias y dificultades, y le han pedido que les nombre un rey. Pues bien, preséntense ante el Señor por tribus y por clanes.

Samuel ordenó acercarse a todas las tribus de Israel y la suerte recayó en la tribu de Benjamín. Después ordenó acercarse a los clanes de la tribu de Benjamín y la suerte recayó en el clan de Matrí. Finalmente la suerte recayó en Saúl, el hijo de Quis, a quien buscaron sin encontrarlo. Entonces volvieron a consultar al Señor:

— ¿Pero está aquí ese hombre?

El Señor respondió:

— Está escondido entre el equipaje.

Corrieron a sacarlo de allí y se presentó ante el pueblo: destacaba entre toda la gente, sacándoles la cabeza. Entonces Samuel dijo a todo el pueblo:

— ¿Han visto al elegido del Señor? En todo el pueblo no hay quien se le pueda comparar.

Y todo el pueblo aclamó:

— ¡Viva el rey!

Entonces Samuel expuso al pueblo el protocolo real y lo escribió en un libro que depositó ante el Señor. Luego despidió al pueblo, y se fueron cada uno a su casa. También Saúl marchó a su casa en Guibeá y con él marcharon aquellos valientes a los que Dios infundió ánimos. En cambio, los descontentos comentaban:

— ¿De qué va a salvarnos ese?

Y no le quisieron hacer regalos. Pero Saúl no se dio por aludido.

GUERRA CONTRA LOS AMONITAS

El amonita Najás subió y acampó frente a Jabés de Galaad. Los habitantes de Jabés le propusieron:

— Haz un pacto con nosotros y nos someteremos a ti.

Najás les respondió:

— Haré ese pacto, con la condición de sacarles a cada uno el ojo derecho. Así humillaré a todo Israel.

Los ancianos de Jabés le contestaron:

— Danos siete días de plazo para enviar mensajeros por todo el territorio de Israel y si nadie viene a ayudarnos nos rendiremos a ti.

Los mensajeros llegaron a Guibeá de Saúl, dieron la noticia al pueblo y toda la gente se puso a gritar y a llorar. Saúl volvía del campo con los bueyes y preguntó:

— ¿Qué sucede? ¿Por qué llora la gente?

Le contaron lo que habían dicho los de Jabés y, al enterarse de la noticia, Saúl, invadido por el espíritu del Señor, se enfureció, agarró la yunta de bueyes, los descuartizó y por medio de mensajeros los repartió por todo Israel con este mensaje:

— Lo mismo se hará con los bueyes de quien no siga a Saúl y a Samuel.

El temor del Señor sobrecogió al pueblo, que se alistó sin faltar uno solo. Saúl pasó revista en Bézec y había trescientos mil hombres de Israel y treinta mil de Judá. Entonces dijo a los mensajeros que habían venido:

— Digan a los de Jabés que mañana al mediodía recibirán ayuda.

Cuando los mensajeros llegaron y comunicaron la noticia, los habitantes de Jabés se llenaron de alegría y dijeron a Najás:

— Mañana nos rendiremos y podrán hacer lo que mejor les parezca con nosotros.

Al día siguiente Saúl organizó a la gente en tres columnas; irrumpieron en el campamento antes del alba y estuvieron destrozando a los amonitas hasta el mediodía. Los supervivientes se dispersaron, de suerte que no quedaron dos juntos.

Entonces la gente dijo a Samuel:

— ¿Quiénes ponían en duda que Saúl sería nuestro rey? Entréguennos a esos hombres para que los matemos.

Pero Saúl replicó:

— Nadie debe morir en un día como este, pues hoy el Señor ha dado la victoria a Israel.

Luego Samuel dijo al pueblo:

— Vengan, vayamos a Guilgal. Inauguraremos allí la monarquía.

Todo el pueblo fue a Guilgal y proclamaron rey a Saúl ante el Señor, allí en Guilgal; ofrecieron sacrificios de comunión al Señor y después Saúl y los israelitas celebraron allí una gran fiesta.

DESPEDIDA DE SAMUEL

Samuel dijo a todo Israel:

— Ya ven que he escuchado todas las peticiones que me han hecho y que les he nombrado un rey. Pues bien, ahí tienen al rey que ha de guiarlos. Por lo que a mí respecta, ya estoy viejo y canoso, y mis hijos están entre ustedes. Los he dirigido desde mi juventud hasta el día de hoy. Y aquí me tienen si quieren acusarme de algo ante el Señor y ante su ungido. ¿Le he quitado a alguien un buey o un asno? ¿He explotado o maltratado a alguno? ¿He aceptado algún soborno para hacerme el de la vista gorda? Si es así, se lo devolveré.

Respondieron:

— No nos has explotado ni maltratado, ni has aceptado sobornos de nadie.

Samuel replicó:

— El Señor es hoy testigo contra ustedes, al igual que su ungido, de que no han encontrado en mí culpa alguna.

Respondieron:

— Sí, es testigo.

Y Samuel dijo al pueblo:

— El Señor es quien eligió a Moisés y Aarón y quien sacó a los antepasados de ustedes de Egipto. Y ahora prepárense, porque voy a pedirles cuentas ante el Señor de todos los beneficios que él les ha hecho a ustedes y a sus antepasados. Cuando Jacob llegó a Egipto, sus antepasados pidieron auxilio al Señor y él envió a Moisés y a Aarón para que sacasen a los antepasados de ustedes de Egipto y los instalasen en este lugar. Pero ellos olvidaron al Señor su Dios y él los entregó en poder de Sísara, general del ejército de Jasor, y en poder de los filisteos y del rey de Moab, que lucharon contra ellos. Entonces clamaron al Señor, diciendo: “Hemos pecado, abandonando al Señor para rendir culto a las imágenes de Baal y de Astarté. Líbranos del poder de nuestros enemigos y te serviremos”. Y el Señor envió a Jerubaal, a Barac, a Jefté y a Samuel para que los librasen del poder de sus enemigos vecinos y pudieran ustedes vivir tranquilos. Ahora, cuando han visto que Najás, el rey de los amonitas, los amenazaba, me han pedido un rey que los gobernara, aunque el Señor su Dios era el rey de ustedes. Pues bien, ahí tienen al rey que han elegido y que han exigido. Ya ven que el Señor les ha dado un rey. Si honran al Señor y le dan culto, si escuchan su palabra y no desobedecen sus mandatos, entonces les irá bien tanto a ustedes como al rey que los gobierna. Pero si no escuchan la palabra del Señor y desobedecen sus mandatos, el Señor los castigará a ustedes como castigó a su antepasados. Y ahora permanezcan aquí y contemplarán el gran prodigio que Dios va a realizar delante de ustedes. ¿No estamos en época de siega? Pues voy a invocar al Señor y él hará tronar y llover, para que ustedes reconozcan el gran pecado que han cometido ante al Señor al pedir un rey.

Samuel invocó al Señor y el Señor envió aquel día truenos y lluvia. Todo el pueblo sintió pánico del Señor y de Samuel. Y dijeron a Samuel:

— Intercede por tus siervos ante el Señor tu Dios, para que no perezcamos, ya que hemos añadido a todos nuestros pecados el delito de pedirnos un rey.

Samuel respondió al pueblo:

— No teman. Es cierto que han cometido ese delito, pero ahora no se aparten del Señor y sírvanlo de todo corazón. No se aparten para seguir a nulidades que no pueden ayudarlos ni salvarlos, porque son inútiles. El Señor no abandonará a su pueblo por el honor de su nombre, pues el Señor ha decidido convertirlos en su pueblo. Por mi parte, Dios me libre de pecar contra el Señor, dejando de interceder por ustedes. Yo les enseñaré el camino bueno y recto. Así que honren al Señor y sírvanle con sinceridad y de todo corazón, ya que han reconocido los muchos beneficios que les ha hecho. Pero si persisten en el mal serán aniquilados tanto ustedes como su rey.

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