Hechos de los Apóstoles 3–4
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Curación de un cojo
Cierto día Pedro y Juana subían al templo a la hora novena1, la hora de la oraciónb.
Y había un hombre, cojo desde su nacimiento1a, al que llevaban y ponían diariamente a la puertab del templo llamada la Hermosa, para que pidiera limosnac a los que entraban al templo.
Este, viendo a Pedro y a Juana que iban a entrar al templo, les pedía limosna.
Entonces Pedro, junto con Juan, fijando su vistaa en él, le dijo: «¡Míranos!»
Él los miró atentamente1, esperando recibir algo de ellos.
Pero Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo el Nazarenoa, ¡anda1!»
Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó; al instante sus pies y tobillos cobraron fuerza,
y de un salto se puso en pie y andabaa. Entró al templo con ellos caminando, saltando y alabando a Dios.
Todo el pueblo lo vio andar y alabar a Diosa,
y reconocieron que era el mismo que se sentaba a la puerta del templo, la Hermosa, a pedir limosnaa, y se llenaron de asombro y admiración por lo que le había sucedido.
Segundo sermón de Pedro
Estando el que era cojo aferrado a Pedro y a Juana, todo el pueblo, lleno de asombro, corrió al pórtico llamado de Salomónb, donde ellos estaban.
Al ver esto, Pedro dijo al pueblo: «Hombres de Israel, ¿por qué se maravillan de esto, o por qué nos miran así, como si por nuestro propio poder o piedad le hubiéramos hecho andar?
»El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacoba, el Dios de nuestros padresb, ha glorificado a Su Siervo1 Jesúsc, al que ustedes entregarond y repudiaron en presencia de Pilatoe, cuando este había resuelto poner a Jesús en libertadf.
»Pero ustedes repudiaron al Santo y Justoa, y pidieron que se les concediera un asesinob,
y dieron muerte al Autor1a de la vida, al que Dios resucitó de entre los muertosb, de lo cual nosotros somos testigosc.
»Por la fe en Su nombrea, es el nombre de Jesús1 lo que ha fortalecido a este hombre a quien ven y conocen. La fe que viene por medio de Jesús, le ha dado a este esta perfecta sanidad en presencia de todos ustedes.
»Y ahora, hermanos, yo sé que obraron por ignoranciaa, lo mismo que sus gobernantesb.
»Pero Dios ha cumplido así lo que anunció de antemanoa por boca de todos los profetas: que Su Cristo1 debía padecerb.
»Por tanto, arrepiéntansea y conviértanse, para que sus pecados sean borrados, a fin de que tiempos de alivio vengan de la presencia del Señorb,
y Él envíe a Jesús, el Cristo designado de antemano para ustedes.
»A Él el cielo debe recibir1a hasta el día2 de la restauración de todas las cosasb, acerca de lo cual Dios habló por boca de Sus santos profetas desde tiempos antiguosc.
»Moisés dijo: “El Señor Dios les levantará a ustedes un profeta como yo1 de entre sus hermanos; a Él prestarán atención en todo cuanto les digaa.
”Y sucederá que todo el que1a no preste atención a aquel profeta, será totalmente destruido de entre el pueblo”
»Asimismo todos los profetasa que han hablado desde Samuel y sus sucesores en adelante, también anunciaron estos días.
»Ustedes son los hijos de los profetasa y del pacto que Dios hizo1 con sus padresb, al decir a Abraham: “Y en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierrac”.
»Para ustedes en primer lugara, Dios, habiendo resucitadob a Su Siervo1, lo ha enviadoc para que los bendiga, a fin de apartar a cada uno de ustedes de sus iniquidades»
Arresto de Pedro y Juan
Mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, se les echaron encimaa los sacerdotes, el capitán de la guardia del templob, y los saduceosc,
indignados porque enseñaban al pueblo, y anunciaban en1 Jesús la resurrección de entre los muertosa.
Les echaron mano, y los pusieron en la cárcela hasta el día siguiente, pues ya era tarde.
Pero muchos de los que habían oído el mensaje1 creyeron, llegando el número de los hombres como a 5,000a.
Pedro y Juan ante el Concilio
Sucedió que al día siguiente se reunieron en Jerusalén sus gobernantes, ancianosa y escribas.
Estaban allí el sumo sacerdote Anás, Caifása, Juan y Alejandro, y todos los que eran del linaje de los sumos sacerdotes.
Poniendo a Pedro y a Juan en medio de ellos, les interrogaban: «¿Con qué poder1, o en qué nombre, han hecho esto?»
Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santoa, les dijo: «Gobernantes y ancianosb del pueblo,
si se nos está interrogando hoy por causa del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera1 este ha sido sanado2a,
sepan todos ustedes, y todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo el Nazarenoa, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertosb, por Él1, este hombre se halla aquí sano delante de ustedes.
»Este Jesúsa es la piedrab desechadac por ustedes los constructores, pero que ha venido a ser la piedra angular1.
»En ningún otroa hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser1 salvos»
Amenazados y puestos en libertad
Al ver la confianzaa de Pedro y de Juanb, y dándose cuenta de que eran hombres sin letras y sin preparaciónc, se maravillaban, y reconocían que ellos habían estado con Jesús.
Y viendo de pie junto a ellos al hombre que había sido sanado, no tenían nada que decir en contra.
Pero después de ordenarles que salieran fuera del Concilio1a, deliberaban entre sí:
«¿Qué haremosa con estos hombres?», decían. «Porque el hecho de que un milagro notable ha sido realizado por medio de ellosb es evidente a todos los que viven en Jerusalén, y no podemos negarlo.
»Pero a fin de que no se divulgue más entre el pueblo, vamos a amenazarlos para que no hablen más a ningún hombre en este nombrea»
Cuando los llamaron, les ordenaron no hablar ni enseñar en el nombre de Jesúsa.
Pero Pedro y Juana, les contestaron: «Ustedes mismos juzguen si es justo delante de Dios obedecer a ustedes en vez de obedecer a Diosb.
»Porque nosotros no podemos dejar de decira lo que hemos visto y oído»
Y después de amenazarlos otra vez, los dejaron ir, no hallando la manera de castigarlos por causa del puebloa, porque todos glorificaban a Diosb por lo que había acontecido;
porque el hombre en quien se había realizado este milagro de sanidad tenía más de cuarenta años.
Oración de la iglesia
Cuando quedaron en libertad, fueron a los suyos y les contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho.
Al oír ellos esto, unánimes alzaron la voz a Dios y dijeron: «Oh, Señor1, Tú eres el que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos haya,
el que por el Espíritu Santo, por boca de nuestro padre Davida, Tu siervo, dijiste:
“¿bPor que se enfurecieron los gentiles1,
Y los pueblos tramaron cosas vanas?
“Se presentaron los reyes de la tierra,
Y los gobernantes se juntaron a una
Contra el Señor y contra Su Cristo1a”.
»Porque en verdad, en esta ciudad se unieron tanto Herodesa como Poncio Pilatob, junto con los gentilesc y los pueblos de Israel, contra Tu santo Siervo1 Jesúsd, a quien Tú ungiste,
para hacer cuanto Tu mano y Tu propósito habían predestinado que sucedieraa.
»Ahora1, Señor, considera sus amenazas, y permite que Tus siervos hablen Tu palabra con toda confianzaa,
mientras extiendes Tu mano para que se hagan curaciones, señales y prodigiosa mediante el nombre de Tu santo Siervo Jesúsb»
Después que oraron, el lugar donde estaban reunidosa tembló, y todos fueron llenos del Espíritu Santob y hablaban la palabra de Dios con valorc.
Todas las cosas en común
La congregación de los que creyeron era de un corazón y un alma. Ninguno decía ser suyo lo que poseía, sino que todas las cosas eran de propiedad comúna.
Con gran poder los apóstoles daban testimonioa de la resurrección del Señor Jesús1b, y había abundante gracia sobre todos ellos.
No había, pues, ningún necesitado entre ellos, porque todos los que poseían tierras o casasa las vendían, traían el precio de lo vendido,
y lo depositaban a los pies de los apóstolesa, y se distribuía a cada uno según su necesidadb.
Y José, un levita natural de Chiprea, a quien también los apóstoles llamaban Bernabéb, que traducido significa Hijo de Consolación1c,
poseía un campo y lo vendió, trajo el dinero y lo depositó a los pies de los apóstolesa.
Footnotes
- 1I.e. 3 p.m.
- 1 el vientre de su madre.
- 1 les ponía atención.
- 1Algunos dicen: levántate y anda.
- 1O Hijo.
- 1O Príncipe.
- 1 su nombre.
- 1O el Mesías, el Ungido.
- 1O retener.
- 2 los tiempos.
- 1O como me levantó a mí.
- 1 toda alma que.
- 1 pactó.
- 1O Hijo.
- 1O en el caso de.
- 1O la palabra.
- 1O autoridad.
- 1O por quién.
- 2 salvado.
- 1O este.
- 1 cabeza del ángulo.
- 1 es necesario que seamos.
- 1O Sanedrín.
- 1O Dueño.
- 1O LAS NACIONES.
- 1O EL MESÍAS, EL UNGIDO.
- 1O Hijo.
- 1O en cuanto lo que sucede ahora.
- 1Algunos antiguos agregan: Cristo.
- 1O exhortación, o, estímulo.
Cross references
- aLuc. 22:8; Hech. 3:3, 4, 11
- bSal. 55:17; Mat. 27:45; Hech. 10:30
- aHech. 14:8
- bLuc. 16:20
- cJuan 9:8; Hech. 3:10
- aLuc. 22:8; Hech. 3:1, 4, 11
- aHech. 10:4
- aHech. 2:22; 3:16; 4:10
- aHech. 14:10
- aHech. 4:16, 21
- aJuan 9:8; Hech. 3:2
- aLuc. 22:8; Hech. 3:3, 4
- bJuan 10:23; Hech. 5:12
- aMat. 22:32
- bEx. 3:13, 15; Hech. 5:30; 7:32; 22:14
- cHech. 3:26; 4:27, 30
- dMat. 20:19; Juan 19:11; Hech. 2:23
- eMat. 27:2
- fLuc. 23:4
- aMar. 1:24; Hech. 4:27; 7:52; 2Cor. 5:21
- bMat. 27:20; Mar. 15:11; Luc. 23:18, 25
- aHech. 5:31; Heb. 2:10; 12:2
- bHech. 2:24
- cLuc. 24:48
- aHech. 3:6
- aLuc. 23:34; Juan 15:21; Hech. 13:27; 26:9; Ef. 4:18
- bLuc. 23:13
- aHech. 2:23
- bLuc. 24:27; Hech. 17:3; 26:23
- aHech. 2:38; 26:20
- b2Tes. 1:7; Heb. 4:1 y
- aHech. 1:11
- bMat. 17:11; Rom. 8:21
- cLuc. 1:70
- aDt. 18:15, 18; Hech. 7:37
- aDt. 18:19
- aLuc. 24:27; Hech. 17:3; 26:23
- aHech. 2:39
- bRom. 9:4, 5
- cGn. 22:18
- aHech. 13:46; Rom. 1:16; 2:9, 10
- bHech. 2:24
- cMat. 15:24; Juan 4:22
- aLuc. 20:1; Hech. 6:12
- bLuc. 22:4
- cMat. 3:7
- aHech. 3:15; 17:18
- aHech. 5:18
- aHech. 2:41
- aLuc. 23:13; Hech. 4:8
- aMat. 26:3; Luc. 3:2
- aHech. 2:4; 13:9
- bLuc. 23:13; Hech. 4:5
- aHech. 3:7, 8
- aHech. 2:22; 3:6
- bHech. 2:24
- aMat. 21:42
- bSal. 118:22
- cMar. 9:12
- aMat. 1:21; Hech. 10:43; 1Tim. 2:5
- aHech. 4:31
- bLuc. 22:8; Hech. 4:19
- cJuan 7:15
- aMat. 5:22
- aJuan 11:47
- bHech. 3:7–10
- aJuan 15:21
- aHech. 5:28
- aHech. 4:13
- bHech. 5:29
- a1Cor. 9:16
- aHech. 5:26
- bMat. 9:8
- aEx. 20:11; Neh. 9:6; Sal. 146:6
- aHech. 1:16
- bSal. 2:1
- aSal. 2:2; Dan. 9:24, 25; Luc. 4:18; Hech. 10:38; Heb. 1:9
- aMat. 27:2; Luc. 23:7–12
- bMat. 20:19
- cHech. 3:13; 4:30
- dMat. 14:1; Mar. 15:1; Luc. 23:1; Juan 18:28, 29
- aHech. 2:23
- aHech. 4:13, 31; 14:3; Fil. 1:14
- aJuan 4:48
- bHech. 3:13; 4:27
- aHech. 2:1
- bHech. 2:4
- cHech. 4:13; 14:3; Fil. 1:14
- aHech. 2:44
- aHech. 1:8
- bLuc. 24:48
- aMat. 19:21; Hech. 2:45
- aHech. 4:37; 5:2
- bHech. 2:45; 6:1
- aHech. 11:19, 20; 13:4; 15:39; 21:3, 16; 27:4
- bHech. 9:27; 11:22, 30; 12:25; 13:1, 2, 7; 1Cor. 9:6; Gál. 2:1, 9, 13; Col. 4:10
- cHech. 2:40; 11:23; 13:15; 1Cor. 14:3; 1Tes. 2:3
- aHech. 4:35; 5:2
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