2º Reyes 6–7
La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions
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EL MILAGRO DEL HACHA
Un día los de la comunidad profética dijeron a Eliseo:
— Mira, el lugar donde nos reunimos contigo es demasiado pequeño para nosotros. Déjanos ir al Jordán donde nos aprovisionaremos de un tronco cada uno para hacernos un nuevo lugar de reunión.
Eliseo les dijo:
— Pueden ir.
Uno de ellos le pidió:
— Acompáñanos, por favor.
Él respondió:
— Está bien, iré con ustedes.
Se fue con ellos y cuando llegaron al Jordán, se pusieron a cortar árboles. Pero a uno de los que talaban troncos se le cayó al río el hierro del hacha y se puso a gritar:
— ¡Ay, maestro, que el hacha era prestada!
El profeta preguntó:
— ¿Dónde ha caído?
Le indicó el lugar y entonces Eliseo cortó un palo, lo arrojó allí y el hierro salió a flote. Luego le dijo:
— Sácalo.
El otro extendió el brazo y lo sacó.
LA CAPTURA DE LOS SIRIOS
El rey de Siria estaba en guerra con Israel y reunió en consejo a sus oficiales para proponerles:
— Acamparemos en tal sitio.
Entonces el profeta mandó decir al rey de Israel:
— Procura no pasar por tal sitio, pues los sirios están acampados allí.
El rey de Israel envió gente al lugar que el profeta le había indicado. Y esto sucedió más de dos veces: el profeta le advertía y él tomaba precauciones. El rey de Siria, desconcertado, reunió a sus oficiales y les dijo:
— Díganme quién de los nuestros informa al rey de Israel.
Uno de los oficiales respondió:
— Ninguno, majestad. Se trata de Eliseo, el profeta de Israel, que informa a su rey de todo cuanto hablas en tu intimidad.
Entonces el rey ordenó:
— Vayan a averiguar dónde está y enviaré a capturarlo.
Cuando le informaron que estaba en Dotán, el rey de Siria envió allí un gran destacamento de tropas con caballos y carros, que llegaron de noche y cercaron la ciudad. Cuando el criado del profeta se levantó al amanecer, salió y descubrió que un ejército cercaba la ciudad con caballos y carros. Entonces dijo a Eliseo:
— ¡Ay, maestro! ¿Qué hacemos?
Él respondió:
— No temas. Los nuestros son más que los de ellos.
Luego oró así:
— Señor, ábrele los ojos para que pueda ver.
El Señor abrió los ojos al criado y este vio que el monte estaba lleno de caballos y carros de fuego alrededor de Eliseo.
Cuando los sirios bajaban a capturarlo, Eliseo oró de nuevo al Señor:
— Deja ciega a esa gente.
Y el Señor los dejó ciegos conforme a la petición de Eliseo. Entonces Eliseo les dijo:
— Este no es el camino, ni esta la ciudad. Síganme y los llevaré hasta el hombre que buscan.
Y los llevó a Samaría. Cuando llegaron a Samaría, Eliseo oró:
— Señor, ábreles los ojos, para que puedan ver.
El Señor les abrió los ojos y ellos descubrieron que estaban dentro de Samaría.
Cuando el rey de Israel los vio, le preguntó a Eliseo:
— Padre, ¿los mato?
No los mates. ¿Acaso acostumbras a matar a los que no has capturado con tu espada y tu arco? Ofréceles pan y agua, para que coman y beban y luego regresen a su señor.
El rey les preparó un gran banquete y ellos comieron y bebieron. Luego los despidió y regresaron a su señor. A partir de entonces las bandas de sirios no volvieron a invadir territorio israelita.
EL SITIO DE SAMARÍA
Algún tiempo después, Benadad, rey de Siria, movilizó a todo su ejército y puso cerco a Samaría. El hambre llegó a ser tan grave a causa del asedio, que una cabeza de burro llegó a costar ochenta siclos de plata y un puñado de palomina, cinco siclos. Un día, el rey paseaba por la muralla y una mujer le gritó:
— ¡Majestad, socórreme!
Él respondió:
— Si el Señor no te socorre, ¿con qué voy a socorrerte yo? ¿Con trigo o con mosto?
Y el rey le preguntó:
— ¿Qué te pasa?
Ella respondió:
— Esta mujer me dijo: “Trae a tu hijo, lo comeremos hoy, y mañana nos comeremos el mío”. Así que cocimos a mi hijo y nos lo comimos. Pero cuando al día siguiente le pedí que nos entregara a su hijo para comérnoslo, ella lo escondió.
Cuando el rey escuchó las palabras de la mujer, se rasgó las vestiduras y, como estaba paseando por la muralla, la gente pudo ver que llevaba un sayal pegado al cuerpo. Luego dijo:
— ¡Que Dios me castigue, si Eliseo, el hijo de Safat, salva hoy su cabeza!
Eliseo estaba en su casa sentado con los ancianos, cuando el rey le envió a uno de sus asistentes. Pero antes de que llegase el mensajero, Eliseo dijo a los ancianos:
— Ya verán cómo ese asesino manda a alguien a cortarme la cabeza. Estén atentos y cuando el mensajero llegue, atranquen la puerta y no lo dejen pasar, pues tras él se oyen los pasos de su amo.
Todavía estaba hablando con ellos, cuando el mensajero llegó hasta él y le dijo:
— Esta desgracia viene del Señor. ¿Qué puedo ya esperar de él?
Eliseo respondió:
— Escuchen la palabra del Señor, pues dice así: Mañana a estas horas en el mercado de Samaría una medida de harina costará un siclo y lo mismo costarán dos medidas de cebada.
El capitán que era el brazo derecho del rey respondió al profeta:
— Eso no sucederá, ni aunque el Señor abra las compuertas del cielo.
Eliseo replicó:
— ¡Tú mismo lo verás, pero no lo disfrutarás!
A la entrada de la ciudad había cuatro leprosos comentando entre sí:
— ¿Qué hacemos sentados aquí, esperando la muerte? Si nos decidimos a entrar en la ciudad, moriremos de hambre allí dentro; y si nos quedamos aquí, moriremos también. Vamos, pues, a entrar en el campamento sirio: si nos dejan vivos, viviremos; y si nos matan, moriremos.
Al anochecer se levantaron para entrar en el campamento sirio; pero, cuando llegaron a los límites del campamento, descubrieron que allí no había nadie. Resulta que el Señor había hecho resonar en el campamento sirio un estrépito de carros y caballos, el fragor de un gran ejército, y se habían dicho unos a otros: “Seguro que el rey de Israel ha contratado a los reyes hititas y egipcios para que nos ataquen”. Así que al anochecer habían emprendido la huida, abandonando sus tiendas, sus caballos, sus burros y el campamento tal como estaba, para ponerse a salvo.
Aquellos leprosos, que habían llegado a los límites del campamento, entraron en una tienda, comieron y bebieron y se llevaron de allí plata, oro y ropa, y fueron a esconderlo. Luego volvieron, entraron en otra tienda, se llevaron más cosas de allí y fueron también a esconderlas. Pero luego comentaron entre sí:
— No estamos actuando bien. Hoy es día de buenas noticias y nosotros nos las guardamos. Si esperamos a que amanezca, nos considerarán culpables. Vamos, pues, a informar a palacio.
Cuando llegaron a la ciudad, llamaron a los centinelas y les informaron:
— Hemos entrado en el campamento sirio y allí no hay nadie, ni se oye a nadie; sólo hay caballos y burros atados, y las tiendas tal como estaban.
Los centinelas, a su vez, llamaron y dieron la noticia en palacio. El rey se levantó de noche y dijo a sus oficiales:
— Les voy a explicar lo que nos preparan los sirios: como sabían que estamos pasando hambre, han salido del campamento para esconderse en el campo, pensando atraparnos vivos y apoderarse de la ciudad cuando salgamos.
Pero uno de los oficiales propuso:
— Enviemos a unos hombres con cinco de los caballos que aún nos restan a ver qué pasa, pues los que aún quedan en la ciudad van a correr la misma suerte que toda la multitud de israelitas que ya han perecido.
Uncieron dos carros a los caballos y el rey los mandó seguir al ejército sirio, encargándoles:
— Vayan a ver qué pasa.
Ellos siguieron su rastro hasta el Jordán y encontraron todo el camino lleno de ropa y de objetos que los sirios habían abandonado en su huida apresurada. Luego los emisarios regresaron a informar al rey. Inmediatamente la gente salió a saquear el campamento sirio. La medida de harina costaba un siclo y lo mismo, dos medidas de cebada, como había anunciado el Señor.
El rey había encargado la vigilancia de la entrada al capitán que era su brazo derecho, pero el gentío lo atropelló en la entrada y murió, como había predicho el profeta cuando el rey bajó a verlo. En efecto, cuando el profeta dijo al rey: “Mañana a estas horas en el mercado de Samaría una medida de harina costará un siclo, y lo mismo costarán dos medidas de cebada”, el capitán había replicado al profeta: “Eso no sucederá, ni aunque el Señor abra las compuertas del cielo”. Y entonces el profeta le había respondido: “Tú mismo lo verás, pero no lo disfrutarás”. Y así sucedió: el gentío lo atropelló en la entrada y murió.
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