Marcos 14:18–72
La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions
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y mientras estaban cenando, Jesús dijo:
— Les aseguro que uno de ustedes va a traicionarme. Uno que está comiendo conmigo.
Se entristecieron los discípulos y uno tras otro comenzaron a preguntarle:
— ¿Acaso seré yo, Señor?
Jesús les dijo:
— Es uno de los Doce; uno que ha tomado un bocado de mi propio plato. Es cierto que el Hijo del hombre tiene que seguir su camino, como dicen de él las Escrituras. Sin embargo, ¡ay de aquel que traiciona al Hijo del hombre! Mejor le sería no haber nacido.
LA CENA DEL SEÑOR
Durante la cena, Jesús tomó pan, bendijo a Dios, lo partió y se lo dio diciendo:
— Tomen, esto es mi cuerpo.
Tomó luego en sus manos una copa, dio gracias a Dios y la pasó a sus discípulos. Y bebieron todos de ella. Él les dijo:
— Esto es mi sangre, la sangre de la alianza*, que va a ser derramada en favor de todos. Les aseguro que no volveré a beber de este fruto de la vid hasta el día aquel en que beba un vino nuevo en el reino de Dios.
Cantaron después el himno y salieron hacia el monte de los Olivos.
JESÚS PREDICE LA NEGACIÓN DE PEDRO
Jesús les dijo:
— Todos me van a abandonar, porque así lo dicen las Escrituras: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Pero después de mi resurrección iré delante de ustedes a Galilea.
Pedro le dijo:
— ¡Aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré!
Jesús le contestó:
— Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante por segunda vez, tú me habrás negado tres veces.
Pedro insistió, asegurando:
— ¡Yo no te negaré, aunque tenga que morir contigo!
Y lo mismo decían todos los demás.
ORACIÓN DE JESÚS EN GETSEMANÍ
Llegados al lugar llamado Getsemaní, Jesús dijo a sus discípulos:
— Quédense aquí sentados mientras yo voy a orar.
Se llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y comenzó a sentirse atemorizado y angustiado. Les dijo:
— Me está invadiendo una tristeza de muerte. Quédense aquí y manténganse vigilantes.
Se adelantó unos pasos más y, postrándose en tierra, oró pidiéndole a Dios que, si era posible, pasara de él aquel trance. Decía:
— ¡Abba, Padre, todo es posible para ti! Líbrame de esta copa de amargura; pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.
Volvió entonces y, al encontrar dormidos a los discípulos, dijo a Pedro:
— Simón, ¿duermes? ¿Ni siquiera has podido velar una hora? Manténganse vigilantes y oren para que no desfallezcan en la prueba. Es cierto que tienen buena voluntad, pero les faltan las fuerzas.
Otra vez se alejó de ellos y oró diciendo lo mismo. Regresó de nuevo a donde estaban los discípulos y volvió a encontrarlos dormidos, pues tenían los ojos cargados de sueño. Y no supieron qué contestarle. Cuando volvió por tercera vez, les dijo:
— ¿Aún siguen durmiendo y descansando? ¡Ya basta! Ha llegado la hora: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de pecadores. Levántense, vámonos. Ya está aquí el que me va a entregar.
JESÚS ES ARRESTADO
Todavía estaba Jesús hablando cuando se presentó Judas, uno de los Doce. Venía acompañado de un tropel de gente armada con espadas y garrotes, que habían sido enviados por los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos. Judas, el traidor, les había dado esta contraseña:
— Aquel a quien yo bese, ese es. Aprésenlo y llévenselo bien sujeto.
Al llegar, se acercó en seguida a Jesús y le dijo:
— ¡Maestro!
Y lo besó. Los otros, por su parte, echando mano a Jesús, lo apresaron. Uno de los que estaban con él sacó la espada y, de un golpe, le cortó una oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús, entonces, tomó la palabra y les dijo:
— ¿Por qué han venido a arrestarme con espadas y garrotes como si fuera un ladrón? Todos los días he estado entre ustedes enseñando en el Templo, y no me han arrestado. Pero así debe ser para que se cumplan las Escrituras.
Y todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Un muchacho, cubierto sólo con una sábana, iba siguiendo a Jesús. También quisieron echarle mano; pero él, desprendiéndose de la sábana, huyó desnudo.
JESÚS ANTE EL CONSEJO SUPREMO
Llevaron a Jesús ante el sumo sacerdote; y se reunieron también todos los jefes de los sacerdotes, los ancianos y los maestros de la ley. Pedro, que lo había seguido de lejos hasta la mansión del sumo sacerdote, se sentó con los criados a calentarse junto al fuego. Los jefes de los sacerdotes y el pleno del Consejo Supremo andaban buscando un testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte; pero no lo encontraban porque, aunque muchos testificaban falsamente contra él, sus testimonios no concordaban. Algunos se levantaron y testificaron en falso contra Jesús, diciendo:
— Nosotros lo hemos oído afirmar: “Yo derribaré este Templo obra de manos humanas y en tres días construiré otro que no será obra humana”.
Pero ni aun así conseguían hacer coincidir los testimonios. Poniéndose, entonces, de pie en medio de todos, el sumo sacerdote preguntó a Jesús:
— ¿No tienes nada que alegar a lo que estos testifican contra ti?
Pero Jesús permaneció en silencio, sin contestar ni una palabra. El sumo sacerdote insistió preguntándole:
— ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?
Jesús respondió:
— Sí, lo soy. Y ustedes verán al Hijo del hombre sentado junto al Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo.
Al oír esto, el sumo sacerdote se rasgó las vestiduras y exclamó:
— ¿Para qué necesitamos más testimonios? ¡Ya han oído su blasfemia! ¿Qué les parece?
Todos juzgaron que merecía la muerte. Algunos se pusieron a escupirlo y, tapándole la cara, lo golpeaban y le decían:
— ¡A ver si adivinas*!
Y también los criados le daban bofetadas.
PEDRO NIEGA A JESÚS
Entre tanto, Pedro estaba abajo, en el patio de la casa. Llegó una criada del sumo sacerdote y, al ver a Pedro calentándose junto al fuego, lo miró atentamente y dijo:
— Oye, tú también estabas con Jesús, el de Nazaret.
Pedro lo negó, diciendo:
— Ni sé quién es ese ni de qué estás hablando.
Y salió al vestíbulo. Entonces cantó un gallo*. La criada lo volvió a ver y dijo de nuevo a los que estaban allí:
— Este es uno de ellos.
Pedro lo negó otra vez. Poco después, algunos de los presentes insistieron dirigiéndose a Pedro:
— No cabe duda de que tú eres de los suyos, pues eres galileo.
Entonces él comenzó a jurar y perjurar:
— ¡No sé quién es ese hombre del que ustedes hablan!
Al instante cantó un gallo por segunda vez y Pedro se acordó de que Jesús le había dicho: “Antes que cante el gallo dos veces, me habrás negado tres veces”. Y se echó a llorar.
Footnotes
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