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Apocalipsis 18:6–24

La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions

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Páguenle con su misma moneda,

y aun denle el doble de su merecido:

en la copa de sus desenfrenos

viertan doble amargura.

Cuanto se procuró de lujos y placeres,

denle de tormentos y desdichas.

Vean cómo alardea en su interior:

“Ocupo un trono de reina;

no soy viuda y jamás conoceré el dolor.”

Pero en un solo día vendrán sobre ella

las calamidades que tiene merecidas

— muerte, luto y hambre—

y quedará abrasada por el fuego.

Poderoso es para ello el Señor Dios que la condenó.

LAMENTACIÓN ANTE LA RUINA

Los poderosos de la tierra, los que con ella compartieron lujuria y placeres, prorrumpirán en llantos y gemidos cuando contemplen su humeante hoguera. Estremecidos de horror ante el suplicio, exclamarán desde lejos:

— ¡Desgraciada de ti, la gran ciudad,

Babilonia, la ciudad tan poderosa!

¡Un instante ha bastado

para consumarse tu condena!

También los traficantes de la tierra prorrumpirán en llanto y gemidos por ella, porque ya nadie les comprará sus mercancías: oro, plata, piedras preciosas y perlas; lino, púrpura, seda y escarlata; maderas aromáticas, objetos de marfil, de maderas preciosas, de bronce, de hierro y de mármol; canela, clavo, perfumes, mirra e incienso; vino y aceite; trigo y flor de harina; ovejas y ganado mayor; caballos y carros; esclavos y vidas humanas.

Ya no gustarás más

los frutos sazonados que tanto apetecías;

ya todas tus riquezas y tus lujos

huyeron para no volver jamás.

Todos estos traficantes, enriquecidos a su costa, se mantendrán a distancia estremecidos de horror ante su tormento y entre lágrimas y lamentos exclamarán:

¡Desgraciada de ti, la gran ciudad,

que en otro tiempo te vestías

de lino, púrpura y grana,

y te adornabas con oro,

piedras preciosas y perlas!

¡Un instante ha bastado

para arrasar tanta riqueza!

A su vez, los capitanes de barco, los oficiales, los marineros y todos cuantos faenan en el mar, se mantenían de pie a lo lejos y exclamaban al contemplar la humareda de la ciudad incendiada:

— ¿Hubo alguna vez una ciudad tan grande como esta? Y, echándose polvo sobre la cabeza, lloraban y se lamentaban, diciendo:

— ¡Desgraciada de ti, la gran ciudad,

fuente de riqueza para cuantos

surcaban los mares con sus barcos!

¡Un instante ha bastado

para convertirte en ruinas!

¡Alégrate, cielo, al contemplarla,

y ustedes también, los consagrados a Dios,

los apóstoles y los profetas,

porque Dios ha vengado en ella la causa de ustedes!

Un ángel poderoso levantó entonces un gran peñasco, como una gigantesca rueda de molino, y lo arrojó al mar, exclamando:

— Así, violentamente, será arrojada

Babilonia, la gran ciudad,

y nunca más se sabrá de ella.

Ya no se volverá a escuchar en ti

el son de los arpistas y los músicos,

el son de los que tocan

la flauta y la trompeta.

Ya no habrá en ti artesanos

ni se oirá el rumor

de la rueda molinera.

La luz de la lámpara

no alumbrará más en ti,

ni volverán a oírse en tus calles

los cantos del novio y de la novia.

Y es que tus traficantes

llegaron a ser los grandes de la tierra

y con tus sortilegios

engañaste a todas las naciones.

Estás manchada con la sangre

de profetas y de consagrados a Dios,

con la sangre de todos

los que han sido asesinados en la tierra.

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