1º Samuel 23–24
La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions
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DAVID EN QUEILÁ Y JORÉS
Cuando informaron a David de que los filisteos estaban atacando Queilá y saqueando las eras, David consultó al Señor:
— ¿Puedo ir a atacar a esos filisteos?
El Señor le respondió:
— Sí, derrota a los filisteos y libera Queilá.
Pero sus hombres le dijeron:
— Mira, si aquí en Judá vivimos atemorizados, cuánto más si vamos a Queilá a luchar contra las huestes filisteas.
David volvió a consultar al Señor, y el Señor le respondió:
— Marcha hacia Queilá, porque voy a poner a los filisteos en tus manos.
Entonces David y sus hombres marcharon hacia Queilá, atacaron a los filisteos, les infligieron una dura derrota y se llevaron sus ganados. Así salvó David a los habitantes de Queilá. Mientras tanto Abiatar, el hijo de Ajimélec, había huido refugiándose junto a David en Queilá y llevando consigo el efod.
Informaron a Saúl de que David había ido a Queilá y dijo:
— Dios lo ha puesto en mis manos, pues al meterse en una ciudad con puertas y cerrojos ha quedado encerrado.
Entonces Saúl movilizó a toda la gente a la lucha para bajar a Queilá y sitiar a David y a sus hombres. Cuando David se enteró de que Saúl tramaba su desgracia, ordenó al sacerdote Abiatar:
— Tráete el efod.
Y David dijo:
— Señor, Dios de Israel, tu siervo ha oído que Saúl se propone venir a Queilá y destruir la ciudad por mi causa. ¿Me entregarán en su poder los nobles de la ciudad? ¿Bajará Saúl como tu siervo ha oído? Señor, Dios de Israel, responde a tu siervo.
El Señor respondió:
— Sí, bajará.
David insistió:
— ¿Nos entregarán los nobles de Queilá a mí y a mis hombres en poder de Saúl?
Y el Señor respondió:
— Sí, les entregarán a ustedes.
Entonces David y sus hombres, unos seiscientos, partieron de Queilá y anduvieron errantes y sin rumbo. Se enteró Saúl de que David había escapado de Queilá y suspendió la expedición.
David se estableció en los refugios del desierto y vivió en los montes del desierto de Zif. Durante todo ese tiempo Saúl lo estuvo buscando, pero Dios lo libró de sus manos. David estaba atemorizado, porque Saúl había salido para matarlo, mientras se encontraba en Jorés, en el desierto de Zif. Jonatán, el hijo de Saúl, se puso en camino hacia Jorés para ver a David. Allí lo reanimó en nombre de Dios diciéndole:
— No temas, porque la mano de mi padre Saúl no te alcanzará. Tú serás rey de Israel y yo seré tu segundo. Eso lo sabe hasta mi padre.
Luego los dos sellaron un pacto ante el Señor. David se quedó en Jorés y Jonatán volvió a su casa.
Gentes de Zif subieron a Guibeá a informar a Saúl:
— David está escondido entre nosotros, en los refugios de Jorés, en la colina de Jaquilá, al sur del desierto. Así que, majestad, puedes bajar cuando quieras, que nosotros lo entregaremos en poder del rey.
Saúl les respondió:
— Que Dios los bendiga por haberse compadecido de mí. Vayan, asegúrense aún más y comprueben el lugar por donde anda y si alguien lo ha visto, porque me han dicho que es muy astuto. Comprueben también todos los escondites en que se oculta y regresen aquí con datos seguros, que yo iré con ustedes y, si está en esa comarca, yo lo buscaré entre todos los clanes de Judá.
Ellos se pusieron en camino hacia Zif por delante de Saúl. Mientras tanto, David y sus hombres estaban en el desierto de Maón, en la llanura al sur del desierto. Saúl y su gente salieron en su busca. Cuando informaron a David, este bajó al roquedal del desierto de Maón. Saúl se enteró y se puso a perseguir a David por el desierto de Maón. Saúl iba por un lado del monte y David y sus hombres por el otro lado. Trataba David de escapar cuanto antes de Saúl, ya que este y sus hombres estaban cercando a David con la intención de atraparlo, cuando a Saúl le llegó un mensajero, diciendo:
— Ven inmediatamente, que los filisteos han invadido el país.
Entonces Saúl dejó de perseguir a David y marchó al encuentro de los filisteos. Por esta razón a aquel lugar se le llama “Roca de la separación”.
DAVID PERDONA LA VIDA A SAÚL
David subió de allí y se estableció en los refugios de Enguedí. Cuando Saúl volvió de perseguir a los filisteos, le informaron que David estaba en el desierto de Enguedí. Saúl tomó consigo a tres mil hombres de lo más selecto de Israel y marchó a buscar a David y a sus hombres por los Riscos de los Rebecos. Cuando llegó a unos apriscos de ovejas junto al camino, entró en una cueva que había allí a hacer sus necesidades. David y sus hombres estaban al fondo de la cueva. Los hombres de David le dijeron:
— Esta es la ocasión que te anunció el Señor cuando te dijo: “Voy a poner a tu enemigo en tus manos. Haz con él lo que mejor te parezca”.
David se levantó sin hacer ruido y cortó el borde del manto de Saúl. Pero luego le remordió la conciencia por haberle cortado el borde del manto a Saúl. Y dijo a sus hombres:
— Dios me libre de hacerle eso a mi rey, el ungido del Señor, y de atentar contra él. ¡Es el ungido del Señor!
David aplacó a sus hombres con estas palabras y no les permitió atacar a Saúl. Mientras tanto, Saúl salió de la cueva y siguió su camino. Inmediatamente después, David salió de la cueva y se puso a gritar tras Saúl:
— ¡Señor! ¡Majestad!
Saúl miró hacia atrás y David se inclinó hacia el suelo e hizo una reverencia. Luego dijo a Saúl:
— ¿Por qué haces caso a los que dicen que David busca tu ruina? Ahora mismo puedes comprobar que el Señor te ha puesto hoy en mis manos dentro de la cueva: me animaron a matarte, pero te he respetado y he dicho que no atentaría contra mi rey, porque es el ungido del Señor. Fíjate bien, padre mío, en lo que tengo en la mano: el borde de tu mano. Y si he cortado el borde de tu manto y no te he matado, has de reconocer que mis manos están limpias de maldad y de traición y que no te he ofendido. Tú, en cambio, me acosas para matarme. Que el Señor sea nuestro juez y que salga en mi defensa ante ti; pero yo no levantaré mi mano contra ti. Como dice un antiguo refrán: “De los malos sale la maldad”; pero yo no levantaré mi mano contra ti. ¿Contra quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién estás persiguiendo? ¡A un perro muerto! ¡A una pulga! Que el Señor dicte sentencia entre los dos: que examine, defienda mi causa y me libre de tu mano.
Cuando David terminó de decir estas palabras, Saúl exclamó:
— ¿Es esa tu voz, David, hijo mío?
E inmediatamente se echó a llorar. Luego dijo a David:
— Tú eres más inocente que yo, pues tú me has pagado muy bien y yo muy mal. Tú me acabas de demostrar ahora lo bien que te has portado conmigo, pues el Señor me ha puesto en tus manos y tú no me has matado. Cuando alguien encuentra a su enemigo, no lo deja marchar por las buenas. ¡Que el Señor te recompense por esto que acabas de hacer hoy conmigo! Ahora sé a ciencia cierta que serás rey y que en ti se consolidará el reino de Israel. Júrame, pues, por el Señor que no aniquilarás mi descendencia ni borrarás mi apellido.
David se lo juró a Saúl. Luego Saúl volvió a casa y David y sus hombres subieron al refugio.
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