Logos Bible Study

Salmo 27–28

La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions

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SALMO 27

EL SEÑOR ME ACOGE

De David.

El Señor es mi luz, mi salvación,

¿de quién tendré miedo?

El Señor es mi refugio,

¿a quién temeré?

Cuando los malvados me atacan

para devorarme,

son ellos, enemigos y adversarios,

los que tropiezan y caen.

Si acampara contra mí un ejército,

no tendría miedo;

si se declarase contra mí una guerra,

me sentiría seguro.

Una sola cosa pido al Señor,

sólo esto quiero:

sentarme en la casa del Señor

todos los días de mi vida,

contemplar la gracia del Señor

y frecuentar su Templo.

Me resguardará en su cabaña

en el tiempo adverso,

me protegerá al abrigo de su Tienda,

me alzará sobre una roca.

Y entonces yo venceré

al enemigo que me asedia,

ofreceré en su tienda

sacrificios jubilosos;

cantaré y alabaré al Señor.

Escúchame, Señor, yo te llamo;

apiádate de mí, atiéndeme.

De ti el corazón me dice:

“¡Busca mi rostro!”.

Y yo, Señor, tu rostro estoy buscando.

No me ocultes tu rostro,

no rechaces con ira a tu siervo;

tú eres mi ayuda:

no me dejes, no me abandones,

Dios salvador mío.

Si mi padre y mi madre me abandonan,

el Señor me acogerá.

Muéstrame, Señor, tu camino,

llévame por la senda recta

porque tengo enemigos.

No me dejes a merced de mis rivales,

que se alzan contra mí testigos falsos

y se extiende la violencia.

Confío en ver la bondad del Señor

en la tierra de los vivos.

Espera en el Señor,

sé fuerte, ten firmeza;

pon tu esperanza en el Señor.

SALMO 28

ESCUCHA MI GRITO DE SÚPLICA

De David.

Señor, a ti te llamo;

no me ignores, fortaleza mía,

que si tú no me hablas

seré como los muertos.

Escucha mi grito de súplica

cuando te invoco,

cuando alzo mis manos

hacia tu santuario.

No me arrojes con los malvados

ni con los que hacen el mal:

hablan de paz con sus amigos,

pero en su corazón hay violencia.

Trátalos según sus acciones

y la maldad de sus actos;

trátalos de acuerdo a sus obras,

¡dales tú su merecido!

Pues no reconocen las acciones del Señor

ni tampoco la obra de sus manos,

¡que él los derribe

y no vuelva a levantarlos!

Bendito sea el Señor

que escucha mi grito de súplica.

El Señor es mi fortaleza y mi escudo,

en él mi corazón confía.

Me ha socorrido y estoy alegre,

con mis cantos le doy gracias.

El Señor es el baluarte de su pueblo,

la fortaleza que salva a su ungido.

Salva a tu pueblo, bendice a tu heredad,

sé su pastor y guíalos por siempre.

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