Génesis 29:31–35:18
La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions
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LOS HIJOS DE JACOB
Cuando el Señor vio que Lía no era amada, la hizo fecunda, mientras Raquel seguía estéril. Lía quedó embarazada y dio a luz un hijo, al que llamó Rubén, pues dijo:
— El Señor ha visto mi aflicción; ahora mi marido me amará.
Lía volvió a quedar embarazada y dio a luz otro hijo, al que llamó Simeón, y comentó:
— El Señor se ha dado cuenta de que era menospreciada, y por eso me dio también este hijo.
Volvió a quedar embarazada y dio a luz un tercer hijo, al que llamó Leví, y comentó:
— Ahora sí que mi marido se sentirá ligado a mí, porque le he dado tres hijos.
Lía volvió a quedar embarazada y dio a luz un hijo más, al que llamó Judá, y comentó:
— Esta vez alabaré al Señor.
Y Lía dejó de dar a luz.
Cuando Raquel vio que no podía dar hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana y dijo a Jacob:
— Dame hijos, porque si no, me muero.
Pero Jacob se enojó mucho con ella y le dijo:
— ¿Crees acaso que soy Dios? Es él quien te ha impedido tener hijos.
Ella replicó:
— Aquí tienes a mi criada Bilhá. Acuéstate con ella y que dé a luz en mis rodillas. Así, por medio de ella, también yo podré formar una familia.
De esta manera, Raquel le dio a Jacob su criada Bilhá para que fuera su concubina. Jacob se acostó con Bilhá que quedó embarazada y dio a luz un hijo para Jacob. Y Raquel dijo:
— ¡Dios me ha hecho justicia! Escuchó mi plegaria y me ha dado un hijo.
Por eso Raquel le puso el nombre de Dan.
Después, Bilhá, la criada de Raquel, volvió a quedar embarazada y dio a luz un segundo hijo para Jacob. Y Raquel dijo:
— Dios me ha hecho competir duramente con mi hermana, pero he vencido.
Por eso Raquel le puso el nombre de Neftalí.
Cuando Lía vio que ya no podía tener hijos, tomó a su criada Zilpá y se la entregó a Jacob como concubina. Y Zilpá, la criada de Lía, dio a Jacob un hijo. Entonces Lía exclamó:
— ¡Qué dicha!
Y por eso lo llamó Gad.
Después Zilpá, la criada de Lía, dio un segundo hijo a Jacob. Lía dijo entonces:
— ¡Qué felicidad! Ahora las mujeres me felicitarán.
Por eso lo llamó Aser.
Un día, durante la cosecha del trigo, iba Rubén por el campo, encontró mandrágoras y se las llevó a Lía, su madre. Entonces Raquel le dijo a Lía:
— Por favor, dame algunas mandrágoras de las que te trajo tu hijo.
Pero Lía le contestó:
— ¿Te parece poco el haberme quitado el marido, que ahora quieres también quitarme las mandrágoras de mi hijo?
Raquel respondió:
— Está bien, te propongo que, a cambio de las mandrágoras de tu hijo, Jacob duerma contigo esta noche.
Al anochecer, cuando Jacob volvía del campo, Lía salió a su encuentro y le dijo:
— Hoy pasarás la noche conmigo, porque te he alquilado a cambio de las mandrágoras de mi hijo.
Aquella noche Jacob durmió con Lía, que quedó embarazada y dio a Jacob su quinto hijo. Dios había escuchado su oración. Entonces Lía dijo:
— Dios me ha recompensado, por haberle dado yo mi criada a mi marido.
Por eso lo llamó Isacar.
Lía quedó embarazada de nuevo, y dio a Jacob su sexto hijo. Y dijo:
— Dios me ha hecho un buen regalo. Ahora mi marido me honrará, pues le he dado seis hijos.
Por eso lo llamó Zabulón.
Después Lía tuvo una hija, a la cual llamó Dina. Pero Dios también se acordó de Raquel; oyó su oración y la hizo fecunda. Raquel quedó embarazada y dio a luz un hijo. Entonces dijo:
— Dios ha borrado mi desgracia.
Por eso lo llamó José, y dijo:
— Ojalá me permita Dios tener otro hijo.
TRETAS DE JACOB Y DE LABÁN
Después que Raquel dio a luz a José, Jacob le dijo a Labán:
— Déjame volver a mi casa, a mi país. Dame las mujeres por las que te he servido, junto con mis hijos, y me marcharé. Sabes bien cómo he trabajado para ti.
Pero Labán le contestó:
— Si yo significo algo para ti, por favor, escúchame. He sabido por un oráculo que el Señor me ha estado bendiciendo gracias a ti.
Así que le propuso:
— Dime el salario que quieres ganar, y yo te lo pagaré.
Entonces Jacob le dijo:
— Tú bien sabes cómo te he servido y cómo le ha ido al ganado que te he cuidado; lo poco que tenías antes de que yo viniera ha aumentado prodigiosamente, pues desde que llegué, el Señor te ha bendecido. Pero ya es hora de que también haga algo por mi propia familia.
Labán insistió:
— ¿Qué quieres que te dé?
Jacob le respondió:
— No tienes que darme nada. Si aceptas lo que te voy a proponer, volveré a pastorear tu ganado. Hoy, voy a pasar por medio de tu rebaño y pondré aparte todas las ovejas oscuras y todas las cabras manchadas o moteadas. Ese será mi salario. Así, el día de mañana, cuando vengas a ver lo que he ganado, no habrá dudas sobre mi honradez: si encuentras algún cordero que no sea oscuro o alguna cabra que no sea manchada o moteada, es que te he robado.
Labán dijo:
— Está bien, acepto lo que propones.
Aquel mismo día, Labán separó los machos cabríos moteados o manchados, todas las cabras moteadas o manchadas, las que tenían alguna mancha blanca, y todas las ovejas oscuras, y las puso al cuidado de sus hijos. Después se alejó de Jacob unas tres jornadas de camino.
Mientras tanto, Jacob seguía pastoreando el resto del rebaño de Labán.
Jacob cortó ramas verdes de álamo, almendro y plátano, y las peló de tal manera que quedaran franjas blancas al descubierto. Colocó las ramas peladas frente a los animales, en los abrevaderos adonde se acercaban las ovejas a beber. Y cuando los animales iban a beber, entraban en celo. De este modo, los machos cubrían a las ovejas delante de las ramas, y las ovejas parían crías rayadas, moteadas o manchadas. Además Jacob apartó las ovejas y las apareó con machos oscuros o rayados. De este modo logró crear su propio rebaño, diferente al de Labán. Cuando las ovejas más robustas estaban en celo, Jacob ponía las ramas delante de ellas, en los abrevaderos, para que se apareasen a la vista de las ramas. Pero ante los animales más flacos, no ponía las ramas. Y así los animales más flacos eran para Labán, y los más robustos para Jacob. Con lo cual Jacob prosperó muchísimo: tenía criados y criadas, numerosos rebaños, y también camellos y asnos.
JACOB HUYE DE LABÁN
Jacob se enteró de que los hijos de Labán andaban diciendo:
— Jacob se ha ido apoderando de todo lo que era de nuestro padre; se ha hecho rico a su costa.
Advirtió también Jacob que Labán ya no lo trataba como antes. Entonces el Señor le dijo a Jacob:
— Vuelve a la tierra de tus padres, donde están tus parientes, que yo estaré contigo.
Jacob mandó llamar a Raquel y a Lía para que fuesen al campo donde él tenía el rebaño, y les dijo:
— Me he dado cuenta de que su padre ya no me mira con la benevolencia de antes; pero el Dios de mi padre ha estado conmigo. Ustedes saben muy bien que yo he trabajado para su padre con todas mis fuerzas; a pesar de ello, él me ha engañado y me ha estado cambiando continuamente el salario. Sin embargo, Dios jamás le permitió que me hiciese mal alguno; al contrario, cuando Labán decía: “te voy a pagar con los corderos moteados”, todas las ovejas del rebaño parían corderos moteados; y cuando decía: “te voy a pagar con los rayados”, entonces todas parían crías rayadas. Así Dios le ha ido quitando el ganado al padre de ustedes y me lo ha ido dando a mí. Una vez, durante el período en que los animales estaban en celo, yo tuve un sueño. De pronto vi que los machos que cubrían a las ovejas eran todos rayados, manchados o moteados. Y en el sueño, el ángel de Dios me dijo: “Jacob”. Yo le respondí: “Aquí estoy”. Y él me dijo: “Echa una mirada y verás cómo todos los machos que cubren a las ovejas son rayados, manchados o moteados, porque he visto todo lo que Labán te ha estado haciendo. Yo soy el Dios de Betel, el lugar donde ungiste una piedra votiva y me hiciste una promesa. Márchate, pues, de aquí y regresa a la tierra que te vio nacer”.
Raquel y Lía le respondieron:
— ¿Tenemos nosotras acaso parte o herencia en la casa de nuestro padre? Al contrario, nos ha tratado como si fuésemos extrañas. No solo nos vendió, sino que además se ha gastado el dinero que recibió por nosotras. Por tanto, toda la riqueza que Dios le ha quitado a nuestro padre es nuestra y de nuestros hijos. Así que haz todo lo que Dios te ha dicho.
Entonces Jacob se preparó para partir, montó a sus hijos y a sus mujeres en los camellos, y se puso en marcha con todo su ganado y con todos los bienes que había acumulado en Parán Aram; luego se encaminó hacia la tierra de Canaán, donde vivía su padre Isaac.
Y sucedió que mientras Labán estaba ausente esquilando sus ovejas, Raquel robó los ídolos familiares de su padre.
De este modo Jacob se burló de Labán, el arameo, al no comunicarle que se marchaba; además, huyó llevándose todo lo que le pertenecía. Nada más cruzar el río Éufrates, Jacob se encaminó hacia la región montañosa de Galaad.
LABÁN PERSIGUE A JACOB
Tres días después Labán recibió la noticia de que Jacob había huido. Entonces, acompañado de sus parientes, salió en su búsqueda; después de siete días lo alcanzó en los montes de Galaad. Pero esa misma noche Dios se apareció en sueños a Labán, el arameo, y le dijo:
— ¡Que no se te ocurra hacer reproche alguno a Jacob, ni para bien ni para mal!
Labán alcanzó a Jacob cuando este acababa de montar su campamento en el monte Galaad; entonces Labán y sus parientes montaron también allí su campamento. Y Labán le preguntó a Jacob:
— ¿Por qué has hecho esto? Me has traicionado y te has llevado a mis hijas como si fueran prisioneras de guerra. ¿Por qué has huido en secreto, con engaños y sin comunicármelo? Yo te habría despedido con festejos, con cánticos y al son de panderos y cítaras. Pero ni siquiera me dejaste besar a mis hijas y a mis nietos. ¡Te has portado como un insensato! Ahora yo podría castigarlos, pero anoche el Dios de tu padre me habló y me dijo que no se me ocurriera hacerte reproche alguno, ni para bien ni para mal. Pero si te marchas porque añoras la casa de tu padre, ¿por qué me has robado mis dioses?
Entonces Jacob respondió a Labán:
— Es que tuve miedo. Pensé que tal vez me ibas a arrebatar por la fuerza a tus hijas. Eso sí, aquel en cuyo poder se encuentren tus dioses, que lo pague con su vida. Pongo a nuestros parientes como testigos: busca si hay algo…
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