Estudio bíblico Logos

2º Reyes 2–4

La Palabra: El Mensaje de Dios para míOtras versiones

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HISTORIA DE ELISEO (2–8)

LA ASCENSIÓN DE ELÍAS

Cuando el Señor iba a ascender a Elías al cielo en el torbellino, Elías y Eliseo partieron de Guilgal. Elías dijo a Eliseo:

— Quédate aquí, pues el Señor me ha ordenado ir a Betel.

Pero Eliseo contestó:

— Juro por el Señor y por tu vida que no te abandonaré.

Bajaron a Betel y la comunidad de profetas que vivía allí salió a recibir a Eliseo y le dijo:

— ¿No sabes que el Señor te arrebatará hoy a tu maestro?

Él respondió:

— ¡Ya lo sé! ¡Cállense!

Luego Elías dijo a Eliseo:

— Quédate aquí, pues el Señor me ha ordenado ir a Jericó.

Pero Eliseo contestó:

— Juro por el Señor y por tu vida que no te abandonaré.

Fueron a Jericó y los profetas que vivían allí formando un grupo se acercaron a Eliseo y le dijeron:

— ¿No sabes que el Señor te arrebatará hoy a tu maestro?

Él respondió:

— ¡Ya lo sé! ¡Cállense!

Después le dijo Elías:

— Quédate aquí, pues el Señor me ha ordenado ir al Jordán.

Pero Eliseo contestó:

— Juro por el Señor y por tu vida que no te abandonaré.

Y se fueron los dos. Fueron también cincuenta profetas y se detuvieron a cierta distancia, frente a ellos. Ellos dos se detuvieron junto al Jordán. Entonces Elías agarró el manto, lo enrolló y golpeó con él las aguas, que se partieron por la mitad y ellos atravesaron por lo seco. Cuando cruzaron, Elías dijo a Eliseo:

— Pídeme lo que quieras, antes de que sea arrebatado de junto a ti.

Eliseo le dijo:

— Déjame recibir dos tercios de tu espíritu.

Elías respondió:

— ¡Me pides demasiado! Pero si logras verme cuando sea arrebatado de tu lado, lo tendrás. Si no me ves, no lo tendrás.

Mientras ellos seguían caminando y hablando, un carro de fuego tirado por caballos de fuego los separó y Elías subió al cielo en el torbellino. Eliseo lo miraba y gritaba:

— ¡Padre mío, padre mío, carro y caballería de Israel!

Cuando dejó de verlo, rompió en dos su vestido, recogió el manto que se le había caído a Elías, se volvió y se detuvo a orillas del Jordán. Golpeó entonces las aguas con el manto que se le había caído a Elías y exclamó:

— ¿Dónde está el Señor, el Dios de Elías? ¿Dónde está?

Volvió a golpear las aguas, que se partieron por la mitad, y Eliseo las atravesó. Cuando lo vieron los profetas de Jericó que estaban enfrente, exclamaron:

— ¡Eliseo lleva el espíritu de Elías!

Entonces fueron a su encuentro y se inclinaron ante él. Luego le dijeron:

— Mira, entre tus servidores hay cincuenta valientes. Deja que vayan a buscar a tu maestro, no sea que el espíritu del Señor lo haya arrebatado y arrojado en algún monte o valle.

Pero Eliseo respondió:

— No los manden.

Pero le insistieron tanto que no tuvo más remedio que permitírselo. Enviaron a los cincuenta hombres que estuvieron buscándolo durante tres días, aunque no lo encontraron. Cuando regresaron a Jericó, donde se había quedado Eliseo, este les dijo:

— ¿No les dije que no fueran?

MILAGROS DE ELISEO

Los habitantes de Jericó dijeron a Eliseo:

— Mira, la situación de la ciudad es buena, como puedes ver. Pero el agua es mala y la tierra, estéril.

Eliseo les dijo:

— Tráiganme un plato nuevo con sal.

Cuando se lo llevaron, Eliseo fue al manantial y echó en él la sal, diciendo:

— Así dice el Señor: He purificado estas aguas y no volverán a causar muerte ni esterilidad.

Y las aguas quedaron purificadas hasta el presente, conforme al oráculo pronunciado por Eliseo.

Eliseo marchó de allí a Betel y cuando iba subiendo por el camino, salieron de la ciudad unos chiquillos, que empezaron a burlarse de él, gritando:

— ¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!

Él se volvió y, cuando los vio, los maldijo en el nombre del Señor. Entonces salieron del bosque dos osos que despedazaron a cuarenta y dos chiquillos. Eliseo marchó de allí al monte Carmelo y desde allí volvió a Samaría.

JORÁN DE ISRAEL (852–841)

Jorán, hijo de Ajab, comenzó a reinar sobre Israel en Samaría el año décimo octavo del reinado de Josafat en Judá. Reinó durante doce años. Ofendió al Señor con sus acciones, aunque no tanto como su padre y su madre, pues suprimió la columna de Baal que había levantado su padre. Aún así, imitó los pecados que Jeroboán, hijo de Nabat, había hecho cometer a Israel y no se apartó de ellos.

ELISEO Y LA GUERRA CONTRA MOAB

Mesá, el rey de Moab, era pastor y pagaba al rey de Israel un tributo de cien mil corderos y cien mil carneros lanudos. Pero, cuando murió Ajab, el rey de Moab se sublevó contra el rey de Israel. El rey Jorán salió inmediatamente de Samaría, pasó revista a todo el ejército israelita y mandó decir a Josafat, rey de Judá:

— El rey de Moab se ha rebelado contra mí. ¿Quieres acompañarme a luchar contra Moab?

Él contestó:

— Sí, te acompaño. Yo, mi gente y mi caballería estamos a tu disposición.

Luego preguntó:

— ¿Qué camino tomamos?

Contestó:

— El camino del desierto de Edom.

Los reyes de Israel, Judá y Edom emprendieron la marcha y al cabo de siete días de camino faltó el agua para el ejército y para los animales que llevaban. Entonces el rey de Israel exclamó:

— ¡Ay, que el Señor nos ha reunido a los tres reyes para entregarnos en poder de Moab!

Josafat preguntó:

— ¿No hay por aquí algún profeta a través del cual podamos consultar al Señor?

Uno de los servidores del rey de Israel respondió:

— Por aquí anda Eliseo, el hijo de Safat, que era asistente de Elías.

Josafat dijo:

— ¡Él anuncia la palabra del Señor!

Entonces el rey de Israel, Josafat y el rey de Edom bajaron a ver a Eliseo. Y Eliseo dijo al rey de Israel:

— ¡No tengo nada que ver contigo! Consulta a los profetas de tu padre y de tu madre.

Pero el rey de Israel le contestó:

— No, pues ha sido el Señor quien nos ha reunido a los tres reyes para entregarnos en poder de Moab.

Eliseo contestó:

— Te juro por el Señor del universo, a quien sirvo, que si no fuera por respeto a Josafat, el rey de Judá, no te haría caso ni te miraría. Ahora, tráiganme un músico.

Mientras el músico tocaba, el Señor se apoderó de Eliseo y este dijo:

— El Señor manda que llenen de zanjas esta vaguada. Pues, según dice el Señor, no se verá viento ni lluvia, pero esta vaguada se llenará de agua y podrán beber ustedes, sus ganados y sus animales. Y por si esto no fuera suficiente, el Señor entregará a Moab en poder de ustedes y destruirán todas las ciudades fortificadas e importantes, talarán todos los árboles frutales, cegarán todas las fuentes de agua y llenarán de piedras todas las tierras de cultivo.

A la mañana siguiente, a la hora de la ofrenda, empezó a venir agua de la parte de Edom y el terreno se inundó. Cuando los moabitas se enteraron de que los reyes subían a atacarlos, movilizaron a toda la gente apta para la guerra y tomaron posiciones en la frontera. Cuando se levantaron a la mañana siguiente, el sol reverberaba sobre el agua y a los moabitas, de lejos, las aguas les parecieron rojas como la sangre. Entonces exclamaron:

— ¡Eso es sangre! Seguro que los reyes se han acuchillado y se han matado unos a otros. ¡Moabitas, al saqueo!

Cuando los moabitas llegaban al campamento de Israel, los israelitas les hicieron frente, derrotaron a Moab y los pusieron en fuga. Luego los israelitas penetraron en Moab y lo devastaron. Destruyeron sus ciudades, lanzaron piedras a las tierras de cultivo, cegaron todas las fuentes de agua y talaron todos los árboles frutales. Sólo quedó en pie Quir Jaréset, pero los honderos la cercaron y la atacaron.

Cuando el rey de Moab vio que la batalla estaba perdida, tomó consigo a setecientos hombres armados con espadas y trató de abrir brecha por donde estaba el rey de Edom, pero no lo consiguió. Entonces agarró a su hijo primogénito, el que debía sucederle como rey, y lo ofreció en holocausto sobre la muralla. El hecho causó tan gran indignación entre los israelitas, que levantaron el asedio y regresaron a su país.

EL MILAGRO DEL ACEITE

Una mujer, casada con uno de la comunidad de profetas, fue a suplicar a Eliseo:

— Mi marido, servidor tuyo, ha muerto; y tú sabes que era un hombre religioso. Ahora ha venido el acreedor a llevarse a mis dos hijos como esclavos. Eliseo le dijo:

— ¿Qué puedo hacer por ti? Dime qué tienes en casa.

Ella respondió:

— Sólo me queda en casa una alcuza de aceite.

Eliseo le dijo:

— Sal a pedir vasijas a todas tus vecinas, vasijas vacías en abundancia. Cuando vuelvas, te encierras en casa con tus hijos, empiezas a echar aceite en todas esas vasijas y pones aparte las llenas.

La mujer se marchó y se encerró en casa con sus hijos. Ellos le acercaban las vasijas, y ella echaba el aceite. Cuando llenó todas las vasijas, pidió a uno de sus hijos:

— Acércame otra vasija.

Pero él le dijo:

— Ya no quedan más.

Entonces se agotó el aceite. La mujer fue a contárselo al profeta y este le dijo:

— Ahora vende el aceite, paga a tu acreedor y con el resto podrán vivir tú y tus hijos.

ELISEO Y LA SUNAMITA

Un día Eliseo pasó por Sunán y una mujer rica que vivía allí le insistió para que se quedase a comer. Desde entonces, cada vez que pasaba por allí, se detenía a comer. La mujer dijo a su marido:

— Mira, creo que ese que nos visita cada vez que pasa es un profeta santo. Vamos a construirle en la terraza una habitación pequeña con una cama, una mesa, una silla y un candil, para que se aloje en ella cuando venga a visitarnos.

Un día que Eliseo llegó allí, subió a la terraza y se acostó en la habitación. Luego dijo a su criado Guejazí:

— Llama a esa sunamita.

Él la llamó y cuando se presentó ante él, Eliseo ordenó a su criado que le dijese:

— Ya que te has tomado todas estas molestias por nosotros, dinos qué podemos hacer por ti. ¿Necesitas pedir algo al rey o al jefe del ejército?

Pero ella respondió:

— Vivo a gusto entre mi gente.

Eliseo insistió:

— ¿Qué podríamos hacer por ella?

Entonces Guejazí sugirió:

— No sé. No tiene hijos y su marido es viejo.

Eliseo dijo:

— Llámala.

La llamó y ella se quedó en la puerta. Eliseo le dijo:

— El año que viene por estas fechas estarás abrazando a un hijo.

Ella respondió:

— ¡No, señor mío, hombre de Dios! ¡No engañes a tu servidora!

Pero la mujer quedó embarazada y dio a luz un hijo al año siguiente por aquellas fechas, tal como le había anunciado Eliseo.

El niño creció. Un día, en que salió a ver a su padre…

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