Logos Bible Study

1º Samuel 7–9

La Palabra: El Mensaje de Dios para míOther versions

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Los habitantes de Quiriat Jearín vinieron y recogieron el Arca del Señor; la llevaron a la casa de Abinadab, en la colina, y consagraron a su hijo Eleazar para que la cuidase.

SAMUEL, JUEZ DE ISRAEL (7:2–17)

Pasaron muchos años, unos veinte, desde la instalación del Arca en Quiriat Jearín y todo Israel añoraba al Señor. Entonces Samuel se dirigió a todos los israelitas para decirles:

— Si quieren volver totalmente al Señor, retiren de entre ustedes a los dioses y diosas extranjeros, entréguense plenamente al Señor, adórenlo en exclusiva y él los librará de los filisteos.

Los israelitas retiraron las imágenes de Baal y Astarté y adoraron al Señor en exclusiva. Samuel les ordenó:

— Convoquen a todo Israel en Mispá y yo oraré por ustedes al Señor.

Se reunieron en Mispá, sacaron agua, la derramaron ante el Señor y ayunaron aquel día, diciendo:

— Hemos pecado contra el Señor.

Samuel juzgó a los israelitas en Mispá. Cuando los filisteos se enteraron de que los israelitas estaban reunidos en Mispá, los príncipes filisteos subieron contra Israel. Los israelitas, al saberlo, se asustaron y dijeron a Samuel:

— No dejes de suplicar por nosotros al Señor nuestro Dios, para que nos defienda de los filisteos.

Samuel tomó un cordero lechal, lo sacrificó al Señor en holocausto, clamó al Señor en favor de Israel y el Señor lo escuchó. Mientras Samuel estaba ofreciendo el sacrificio, llegaron los filisteos para atacar a Israel. Entonces el Señor lanzó un fuerte trueno contra los filisteos, los desconcertó y cayeron derrotados ante Israel. Los israelitas salieron de Mispá persiguiendo a los filisteos y los fueron aniquilando hasta más abajo de Bet Car. Samuel colocó entonces una piedra entre Mispá y Sen, diciendo:

— Hasta aquí nos ha ayudado el Señor.

Por eso la llamó Eben Ézer. Los filisteos, derrotados, ya no volvieron a invadir el territorio israelita y el Señor los tuvo sometidos mientras vivió Samuel. Israel reconquistó las ciudades situadas entre Ecrón y Gat que los filisteos le habían arrebatado, liberó su territorio del dominio filisteo y estuvo en paz con los amorreos.

Samuel fue juez de Israel durante toda su vida. Anualmente hacía una gira por Betel, Guilgal y Mispá, dirimiendo los pleitos de Israel en estos lugares. Luego volvía a Ramá, donde tenía su residencia y seguía juzgando a Israel. Y allí construyó un altar al Señor.

II.— SAMUEL Y SAÚL (8–15)

INSTITUCIÓN DE LA MONARQUÍA (8–12)

ISRAEL PIDE UN REY

Cuando Samuel se hizo viejo nombró a sus hijos jueces de Israel. El primogénito se llamaba Joel y el segundo Abías, y ambos ejercían en Berseba. Sin embargo sus hijos no siguieron sus pasos, pues buscaban su provecho, aceptaban sobornos y pervertían la justicia. Por ello, todos los ancianos de Israel se reunieron, fueron a Ramá a ver a Samuel y le dijeron:

— Mira, tú ya eres viejo y tus hijos no siguen tus pasos. Por tanto, nómbranos un rey que nos gobierne, como en todas las naciones.

Le disgustó a Samuel el hecho de que le pidieran un rey para que los gobernara y se puso a orar al Señor. Pero el Señor le dijo:

— Escucha la voz del pueblo en todo lo que te pidan, pues no te rechazan a ti, sino que es a mí a quien rechazan como rey suyo. Lo mismo que me han tratado a mí desde que los saqué de Egipto hasta hoy, abandonándome para dar culto a otros dioses, así te tratan también a ti. Ahora, pues, escúchalos; pero ponlos sobre aviso y dales a conocer los privilegios del rey que reinará sobre ellos.

Samuel transmitió las palabras del Señor a la gente que le pedía un rey y les dijo:

— Estos serán los derechos del rey que los gobierne: alistará a los hijos de ustedes y a unos los destinará a sus carros y a sus caballos para que vayan delante de su carroza; a otros los nombrará jefes y oficiales de su ejército; a otros los pondrá a trabajar sus campos y a cuidar sus cosechas, o a fabricar su armamento y los pertrechos de sus carros. A las hijas de ustedes las pondrá a su servicio como perfumistas, cocineras o panaderas. Requisará sus mejores campos, viñas y olivares para dárselos a sus funcionarios. Les cobrará a ustedes el diezmo de sus cereales y viñas y se lo dará a sus oficiales y funcionarios. Les quitará sus siervos y siervas junto con sus mejores bueyes y asnos para emplearlos en sus trabajos. Les exigirá impuestos por sus rebaños, y ustedes mismos se convertirán en sus esclavos. En ese momento ustedes se quejarán del rey que habían elegido, pero entonces el Señor no les responderá. El pueblo no quiso escuchar a Samuel e insistió:

— ¡No importa! Queremos tener rey. Así también nosotros seremos como todos los pueblos: nuestro rey nos gobernará y nos conducirá a luchar en las guerras.

Samuel escuchó lo que decía el pueblo y se lo comunicó al Señor. El Señor le contestó:

— Atiende a su petición y nómbrales un rey.

Entonces Samuel ordenó a los israelitas:

— ¡Todo el mundo a sus pueblos!

SAÚL ES UNGIDO REY

En la tribu de Benjamín había un hombre de buena posición llamado Quis, hijo de Abiel y descendiente de Seror, Becorat y Afiaj, el benjaminita. Quis tenía un hijo, llamado Saúl, un joven atractivo y el más esbelto entre los israelitas, pues les sacaba la cabeza a todos los demás. A su padre, Quis, se le habían extraviado las asnas; así que le dijo a su hijo Saúl:

— Llévate a uno de los criados y vete a buscar las asnas.

Recorrió la serranía de Efraín y el término de Salisá, pero no encontró las asnas. Recorrió el término de Saalín, y nada. Recorrió también el término de Benjamín y tampoco las encontró. Cuando llegaron al término de Suf, Saúl dijo al criado que lo acompañaba:

— Vamos a regresar, no sea que mi padre empiece a preocuparse más por nosotros que por las asnas.

Pero el criado le respondió:

— Mira, en esta ciudad vive un hombre de Dios muy respetado, pues todo lo que dice se cumple puntualmente. Acudamos a él y quizá nos indique el camino que debemos seguir.

Saúl le contestó:

— Pero, si vamos, ¿qué podemos llevar a ese hombre? Porque ya no nos queda pan en las alforjas y no tenemos nada que ofrecerle. ¿Qué nos queda?

Y el criado le dijo:

— Mira, tengo a mano una pequeña moneda de plata. Se la daré al hombre de Dios para que nos indique el camino.

(En Israel antiguamente, cuando alguien iba a consultar a Dios, decía: “Vamos a ver al vidente”; pues al que actualmente llamamos “profeta” antes se le llamaba “vidente”).

Y Saúl respondió:

— De acuerdo, vamos.

Y se dirigieron a la aldea donde vivía el hombre de Dios. Cuando subían la cuesta de la aldea, encontraron a unas muchachas que iban en busca de agua y les preguntaron:

— ¿Está aquí el vidente?

Ellas les contestaron:

— Sí, ahí un poco más adelante. Pero dense prisa, pues ha llegado hoy a la aldea, porque el pueblo celebra un sacrificio en el santuario. Al llegar a la aldea lo encontrarán ustedes, antes de que suba a comer al santuario. La gente no comerá hasta que él llegue, pues debe bendecir la ofrenda. Después podrán comer los invitados. Así que suban ahora, porque lo encontrarán inmediatamente.

Ellos subieron hacia la aldea y cuando entraban en ella, se toparon con Samuel que salía para subir al santuario local. El día anterior de la llegada de Saúl, el Señor había revelado directamente a Samuel lo siguiente:

— Mañana a estas horas te enviaré a un hombre de la región de Benjamín y tú lo ungirás como jefe de mi pueblo Israel. Él defenderá a mi pueblo del poder de los filisteos, pues he visto el sufrimiento de mi pueblo y me han llegado sus lamentos.

Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le comunicó:

— Ahí tienes al hombre del que te hablé. Ese gobernará a mi pueblo.

Saúl se acercó a Samuel a la entrada de la ciudad y le dijo:

— Por favor, indícame dónde está la casa del vidente.

Samuel le respondió:

— Yo soy el vidente. Sube delante de mí al santuario, que hoy ustedes comerán conmigo y mañana por la mañana te dejaré marchar y te revelaré todo cuanto te preocupa. En cuanto a las asnas que se te perdieron hace tres días, deja de pensar en ellas, porque ya han aparecido. Ahora el principal interés de Israel son tú y la familia de tu padre.

Y Saúl contestó:

— ¿Por qué me dices eso si yo no soy más que un benjaminita, de la tribu más pequeña de Israel, y mi familia es de las más insignificantes entre las familias de la tribu de Benjamín?

Samuel tomó a Saúl y a su criado, los introdujo en la sala y les asignó el lugar de la presidencia entre los invitados, que eran unos treinta. Luego dijo al cocinero:

— Tráete la ración que te di y que te encargué que guardaras.

El cocinero sacó una pierna entera y se la sirvió a Saúl. Samuel le dijo:

— Ahí tienes lo que estaba reservado: sírvete y come, pues se te había guardado para este momento cuando invité a la gente.

Y Saúl comió aquel día con Samuel. Luego bajaron del santuario a la aldea, prepararon a Saúl un lecho en la terraza* y se acostó. Al amanecer, Samuel llamó a Saúl, diciéndole:

— Levántate, que voy a despedirte.

Saúl se levantó y los dos salieron a la calle. Cuando bajaban por las afueras de la aldea, Samuel dijo a Saúl:

— Di a tu criado que nos adelante. Y tú espera un momento, que tengo que comunicarte la palabra de Dios.

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Footnotes

  1. *Signo indicativo de nota
  2. *… un lecho en la terraza: Así la versión griega avalada por los manuscritos hebreos de Qumrán. El hebreo del texto masorético dice: y habló con Saúl en la terraza.