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Isaías 53.2–6

Creció en su presencia como vástago tierno,

como raíz de tierra seca.

No había en él belleza ni majestad alguna;

su aspecto no era atractivo

y nada en su apariencia lo hacía deseable.

Despreciado y rechazado por los hombres,

varón de dolores, hecho para el sufrimiento.

Todos evitaban mirarlo;

fue despreciado, y no lo estimamos.

Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades

y soportó nuestros dolores,

pero nosotros lo consideramos herido,

golpeado por Dios, y humillado.

Él fue traspasado por nuestras rebeliones,

y molido por nuestras iniquidades;

sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz,

y gracias a sus heridas fuimos sanados.

Todos andábamos perdidos, como ovejas;

cada uno seguía su propio camino,

pero el Señor hizo recaer sobre él

la iniquidad de todos nosotros.

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